domingo, 17 de enero de 2016

Aquellos ángeles guardianes XII: Los que luchan


Jean Pierre y Monique

Iba caminando, y simplemente cayó al suelo. Aquella chica estaba peleando o conviviendo con más almas de las que su cuerpo podía soportar. A su alrededor comenzó a arremolinarse gente, como un muro de ojos inquietos y manos que intentaban ayudar sin saber muy bien cómo. Pero él se abrió paso hasta llegar a su lado. Jean Pierre tenía los ojos muy abiertos y la terrible expresión del no saber cómo ayudar a su esposa, aun creyéndola perdida de antemano.

- No me dejes, no te vayas… no me dejes – repetía como una cantinela mientras sujetaba su cuerpo tendido entre los brazos

“No ha servido de nada”, pensé, “Monique está muerta, tal y como temíamos… lo siento Jean P…”, y entonces devolví la mirada al suelo, donde estaban, y mi corazón se llenó de toda la alegría que mis circunstancias le permitían. Pensaba que ella estaba muerta, que mi buen amigo abrazaba su cuerpo desmayado, hasta que lo vi: los brazos de Monique rodeaban a su marido en un abrazo, y en los labios de él pude leer su nombre.

Había conseguido volver, había derrotado a sus fantasmas y vuelto con Jean Pierre. Lo había conseguido.
"¿Y si todos podíamos?"



Caesar y Patrice 

Los gritos esta vez provenían de la garganta de Patrice Dupont, y eran desgarradores. Salí al exterior para encontrarme con una escena desoladora. Algo parecido a una mujer aplastaba su cuerpo contra el del muchacho, que gritaba y suplicaba pegado a la pared, acorralado, mientras ella se reía, inmisericorde. A pocos pasos de ambos, impotente, estaba él, Caesar. Miraba la escena con rabia, con la frustración propia de quien no consigue avanzar por más que se lo propone, con los ojos desorbitados y el alma cogida por el cuello, a punto de morir asfixiada.

Yo apenas podía moverme, había dejado de saber qué hacer. No sé cuánto tiempo pasó hasta que la extraña mujer desapareció y Patrice cayó de rodillas. El pecho de Caesar se hinchó, de valor y de desesperación, y corrió como nunca he visto correr a nadie a abrazar al muchacho que se retorcía de pena en el suelo.

“No le sueltes, Caesar, no dejes que desaparezca.”


No podía escucharme, pero no hacía falta, sabía que por nada del mundo iba a soltarle. 

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Shhh... dilo bajito, que hasta el viento escucha...