lunes, 31 de agosto de 2009

Su nombre

La lluvia comenzaba a hacerse más y más fuerte. El viento casi quebraba nuestros brazos, que sostenían lo único que podía salvarnos la vida. Contra aquellas bestias poco había que hacer. Eran muchos bichejos, nosotros solo doce.
Poco a poco vi caer a los míos, sus rostros se me antojaban eternos en la memoria. Parecía que me concedían palabras de ánimo cada vez que el filo de mi arma traspasaba un caparazón de quitina.
Un golpe, otro, y otro...
Algo me golpeó en la cabeza y caí al suelo. Sentí mis rodillas clavarse sobre la tierra mojada y algo de barro me salpicó en la cara. Retiré el cabello que cubría mis ojos utilizando el dorso de la mano y luego me apoyé en el suelo para levantarme. Inmediatamente tuve que esquivar a una de esas cosas, que se me venía encima.

Alcé la vista y contemplé la situación. Mi sonriente compañero parecía mostrar esa mueca en su rostro ante cualquier tipo de infortunio.
Algo turbó mi pensamiento. Vi caer su cuerpo al suelo tras recibir un fuerte tajo de parte de un engendro.
"No..."
Corrí. Corrí como nunca antes había corrido y creí que los pulmones no podían proporcionarme más aire. Pero no necesitaba aire, solo fuerzas, fuerzas para llegar hasta él y cuando lo conseguí me dejé caer de rodillas. Apoyé su cabeza sobre mi regazo.
El sonido del acero lo inundaba todo, pero se fue volviendo más y más sordo a medida que los segundos transcurrían despacio.
- Está bien, tranquilo... no pasa nada. Estoy aquí... estoy aquí... - tenía las manos llenas de sangre y barro y le acaricié el rostro con pulso tembloroso.
- Ya está, así acaba, ¿no? - esbozó una sonrisa
- No te vas a morir, ¿está claro? Porque si te mueres te juro que iré a por ti, no importa donde...

Llevó uno de sus dedos a mis labios, casi sin tocarlos, haciéndome callar. Las lágrimas comenzaban a hacerse patentes y no pude contener la mueca de dolor.
- Ahora levanta y sigue adelante... como has hecho siempre... - cerró los ojos, desvaneciéndose, y su mano cayó inerte sobre la tierra.
Le abracé fuertemente, lo que ocurría a mi alrededor carecía de importancia.
- ...¡Te quiero!

El sudor y las lágrimas habían empapado el lecho donde hasta hace poco soñaba. Abrí los ojos en mitad de la oscuridad y no pude evitar lanzar un nombre al vacío.
- Isaac...

miércoles, 26 de agosto de 2009

Acero templario


Alguien me dijo una vez que hay cosas que nunca mueren, alguien me dijo hace mucho tiempo que hay cosas que son para siempre... entonces no comprendí a que se refería, pues nada es eterno... Sin embargo, me equivoque, hay algo que perdurara siempre, por encima de todas las cosas, mas allá del tiempo y del espacio y ese algo son los recuerdos, los recuerdos que nunca perderé de aquellas tardes de verano calentando el acerco de las espadas al sol mientras nuestras gotas de sudor adornaban el suelo y nuestras risas ponían la banda sonora al entorno...Gracias.

viernes, 21 de agosto de 2009

Mejor guardar silencio.


Si no sabes nadar, ¿por qué te tiras a la piscina? Es absurdo.

Un segundo. No hizo falta más y no quiero volver a repetirlo.

Un segundo... Fue el tiempo necesario para que me sintiera igual de ¿estúpida, miserable? No sé si serían los adjetivos adecuados.

Como ellos, exactamente igual que ellos.




No tiene la razón quien más alza la voz. Eso ya se sabe... y aun así, se grita.




¿Qué haces si se te manda callar? ¿Y si se te manda obedecer?... ¿Y si lo que te ordenan es morir? Algunas veces los tres mandatos van cogidos de la mano. Aceptar el primero es aceptar el segundo, y en la mayoría de los casos concluye con la tercera de las órdenes.

Hay personas que sirven para gritar, las hay para callar. Luego están los valientes, los inconformistas, que no se dignan a quedar ni en un bando ni en el otro. Los que se niegan a morir, de cualquiera de las maneras.


Ese último no es tu bando. Así que guarda silencio.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Imposible

De ilusiones, de sueños, fantasía... de imposibles. Sí, esos cuatro días vivimos de imposibles.
Porque es imposible cortar la comida con esos cubiertos de plástico, es imposible que nos acostemos antes de las cinco de la mañana, que a cada paso no podamos dibujar una sonrisa, que no haga frío al salir de esa tienda de campaña. Es imposible que no nos agolpemos en las duchas cuando cae la noche, que no esperemos mil horas en una cola para no conseguir nada. Es imposible no reirse, no imaginar, no querer volver... Pero lo peor de todo es que es realmente, francamente, sencillamente imposible no echar de menos a quien comparte contigo unas tierras que no son de nadie sino de quien se esfuerza por soñar con algo distinto, de compartir momentos que se guardarán durante el tiempo necesario hasta volver a abrazar esos días efímeros.
Surcando mares, cruzando desiertos, hablando en clase, dándonos a los placeres de la carne, retornando a tiempos pasados donde los héroes hacían leyendas...
Gracias por las aventuras que nos quedan por vivir.

martes, 4 de agosto de 2009

Oportunidad.

Piensas que quizá no sea esta la situación, ni tampoco el momento adecuado. No importa en absoluto. Pasará de largo. Otra vez. Como ese suspiro que escapa de labios ajenos, y que aun codiciándolo no podemos atrapar. Se escapa entre los dedos.
Como el aire, de los pulmones. Algo voluntario e involuntario al mismo tiempo. Querer puede más que poder.
¡Pero ahora sí! ¡Tienes tiempo, hazlo! No mires a tu alrededor, no desaproveches la oportunidad, quizá tarde mucho en volver a ocurrir. No la despidas con la mano mientras pasa de largo!
No es prudencia. No es esperanza. Es estupidez, y punto.

Cuando cae la noche.

Silencio. De forma peremne, absoluta, casi inquebrantable.
Me asomo a la ventana para contemplar los pasos de alguien que se pierde en la distancia, al girar una esquina o bajo la sombra ocasional de un árbol.
Susurros que hacen cosquillas a la oscuridad de rincones ajenos.
Porque solo cuando la noche es más intensa las sonrisas se tornan sinceras y las palabras dejan puntos suspensivos tras de sí.
Y el papel vuelve a ser mi mejor confidente cuando la piedra cobra vida, cuando sin saber qué decir la pluma sangra por mí.