viernes, 8 de enero de 2016

Aquellos ángeles guardianes VIII: Arsène Bourgeois

Acababa de dejar tras de mí a Tazio, que se había apresurado a salir a tomar aire, cuando me crucé con un muchacho que vestía una bata blanca. Era el doctor Víctor Candau, hermano de Jean Pierre. Iba tan sumida en mis pensamientos que apenas le vi pasar, pero escuché con perfecta claridad lo que me dijo: “Arsène ha hablado con Pierre”. Y mis pies decidieron salir a la carrera sin pedirme permiso.

Busqué velozmente y con avidez por todas y cada una de las habitaciones que encontré por el camino, hasta que un montón de gente arremolinada en el exterior delató la presencia de Arsène entre ellos.

Me acerqué sin pedir permiso ni hacer tipo alguno de pausa y le observé con un nudo en la garganta. Clavó sus ojos en los míos y los apartó con brusquedad, para luego devolverme la mirada despacio. Un presentimiento me sobrevino y lancé la pregunta cuya respuesta no sabía si quería escuchar:

- ¿Cómo está Pierre? ¿has hablado con él?

- Nicole… - me puso una mano en el hombro – Pierre está en mitad de una brecha entre el cielo y el infierno. Está parando a los demonios, está sacrificándose para impedirles que lleguen hasta nosotros, hasta ti… - noté como la sangre se congelaba en mis venas, las lágrimas comenzaron a golpear tras mis ojos. Negué con la cabeza – Me ha dicho que te diga que te quiere

- ¿Cómo…? – sentía que me faltaba el aire - ¿… cómo podemos traerle de vuelta?

- No se puede, Nicole. Te reunirás con Pierre en el cielo… pero será dentro de muchos años, él estará esperándote…

Siguió hablando, pero yo no podía escucharle. Todo a mi alrededor era mutismo y un grito me arañaba la garganta con la rabia de un animal enjaulado. Retrocedí un par de pasos, hasta que el cuerpo venció a mi voluntad de seguir de pie. Hundí los dedos en la tierra mientras las lágrimas comenzaban a conquistar la plaza que la razón y la esperanza habían defendido.

“No puede ser, no puede ser… no puede ser. No puedes estar muerto, no puede ser…”

Repetí la misma cantinela hasta que el aire que me faltaba me impidió seguir, y el brazo de Lucien Dubois me rodeó. Dijo algo que soy incapaz de recordar, que apenas podía escuchar. Asentí y me levanté. Necesitaba salir de allí, necesitaba correr, correr hasta que no pudiera más, y sin embargo no encontraba fuerzas para hacerlo.

Me levanté con la ayuda de Dubois y mis pies me llevaron dentro. Nadie me siguió, aunque escuché en la distancia a alguien llamarme un par de veces, pero seguí caminando con aquel nudo apretando mi garganta.

Un soplo de aire frío me arrancó las palabras en mitad de ninguna parte.

- ¡Nadie te pidió que te sacrificases! ¡Tú no tenías que estar allí!


Le grité al infinito, al tiempo que de pronto nos habían arrebatado, a todo cuanto se interponía entre nosotros. Le gritaba a él aunque no pudiera oírme, porque la desolación era todo cuanto parecía quedarme en aquel momento.

- Por favor, vuelve conmigo… vuelve conmigo…



Y con las lágrimas nublándome la vista y su ausencia la cordura comencé a caminar sin rumbo, porque mi norte había desaparecido.

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Shhh... dilo bajito, que hasta el viento escucha...