jueves, 29 de octubre de 2009

Relatos del Juglar I


- Ya está, Inferno... no dejaremos que esto nos supere, ¿verdad? – Fianna acariciaba el lomo de su caballo, que casi mantenía más la compostura que ella


Se había pasado toda la noche, junto a su padre y su hermano, revisando a todos y a cada uno de los caballos.
- ¿Nerviosa, hermanita? – Luca le revolvió el cabello con un movimiento rápido
- ¿Tú no? Cuando padre nos contaba historias de la guerra las escuchábamos absortos, ¿creíste que alguna vez que lo viviríamos?
- No, pero ha llegado, y estamos aquí para hacerle frente – Luca cogió las dos manos de su hermana y las apretó con fuerza – Ten mucho cuidado – el tono serio de su cara cambió, al igual que su voz – Además, ten en cuenta que en tu relación tú eres el hombre, así que procura no mancharte... ¡y bueno! No hablemos ya de sobrevivir...
Ninguno de los dos pudo evitar echarse a reír, aunque tampoco es que lo intentasen.


- ¿Qué estáis cotilleando ya? – Álcanor entró en la cuadra, preparado ya con sus arreos de montura bajo el brazo
- Oh – Luca soltó las manos de Fianna y se dirigió hacia su padre con los brazos abiertos – Solo hablábamos de que tenemos el mejor padre del mundo, ¿verdad, hermana?
- Además del mejor jinete del reino... ¿qué digo del reino? ¡De Metáfora!
- Jajajaja... venid aquí – ambos se acercaron. El hombre dejó caer sus arreos y abrazó a sus hijos, para luego separarlos de sí y mirarlos fijamente a los ojos, yendo de uno a otro – No vaciléis ni por un momento, ellos no lo harán. No seáis crueles, pero tampoco dejéis vuestras espaldas al descubierto por salvar una vida enemiga. El más antiguo de nuestros antepasados contaba que, cuando un jinete muere, su alma y espíritu no desaparecen, sino que se mantienen en el mundo con el cuerpo de un caballo, viviendo esta vez en libertad o volviendo a servir a un nuevo jinete. Cuidad de vuestras monturas y ellas cuidarán de vosotros, pues antaño ocuparon vuestro lugar... Y suerte, hijos míos... suerte y valor – se giró hacia Fianna – Hay alguien esperándote fuera – sonrió


Fianna no tardó en salir a la carrera, para encontrarse fuera con Dharmaeh. La alzó en brazos y la besó.


- Todo saldrá bien... te lo prometo – la dulce driada sonrió
- Te veré al final. Te buscaré cuando todo termine... mi amor...

Relatos del Juglar I


El cielo comenzaba a vestirse de colores y Celsiorh llevaba ya un par de horas despierto. No podía dormir, no, sabiendo la tempestad que se avecinaba.
Miraba por el mismo gran ventanal por el que tantos días y tantas noches había contemplado Ushâr, atrapado irremediablemente por el encanto de sus calles y la magia de sus gentes.
Era temprano, y ya había mucho movimiento fuera, sobretodo en el patio de armas. Veía a los soldados repetir golpes secos una y otra vez, afilando sus armas para que estuvieran dispuestas para cortar carne y hueso... algunos, incluso, se abrazaban.
Suspiró largamente, impregnando el cristal con algo de vaho y pasó la palma de la mano para limpiarlo, descubriendo en el reflejo que tras de sí se encontraba Tú.
- Señor... ¿habéis descansado? – inquirió el pequeño duende
- Tengo un presentimiento, Tú... – Celsiorh continuaba mirando a través del cristal y su rostro se entristecía por momentos
- Y... ¿es un mal presentimiento? – Tú jugaba nerviosamente con sus largos dedos, entrelazándolos y moviéndolos repetidas veces
- Creo que esto es el fin de una etapa... y el comienzo de una nueva... – el erudito se giró y acarició un mapa estelar que tenía sobre el viejo escritorio de madera – Quiero que pongas los objetos más valiosos de esta sala a buen recaudo, ya sabes cuales son – lanzó a su compañero una sonrisa casi melancólica y éste se comenzó a mover muy deprisa por la habitación, amontonando cosas sobre sus pequeños brazos.
- Celsiorh – una voz suave pero firme sacó al joven de sus pensamientos
Celsiorh hizo un leve gesto con la cabeza a la criatura, la cual salió de la habitación cargada hasta la cabeza de artilugios extraños y algún que otro rollo de pergamino.
- Laune... – sonrió e hizo un gesto al muchacho para que entrase y se acercara.
El chico acudió a la silenciosa petición haciendo una leve inclinación al llegar ante su maestro.
- Todo está siendo cuidado al detalle, señor y...
- ¿Por qué tanta formalidad? – sonrió Celsiorh, cogiéndole el mentón y besándole en los labios
- Ha llegado el momento. No pensé que fuera a escuchar historias de guerra en Ushâr, mucho menos a vivirlas...
- Tranquilo, mantente en tu puesto, en retaguardia. Recuerda que irás ayudando en todo lo que puedas al estratega y al general. No entres en combate, mantente al margen... Te qu...
- Señor... – Tú interrumpió tímidamente en la estancia – Nicholas y Ellyn requieren su presencia
- Desde luego – respondió Celsiorh, firme, y salió de la habitación siguiendo a Tú y conteniendo sus emociones.


Ya habría sonrisas, abrazos... ya habría besos cuando todo acabase.

Relatos del juglar I



La luna aun gobernaba el cielo cuando abrió los ojos. Ambos habían caído rendidos tras la intensa noche, y el joven mago no pudo evitar sonreír al mirar a su compañera, que aun dormía profundamente.
Se levantó con sumo cuidado para no despertarla y la besó en la frente.
La fina tela de la tienda de campaña dejaba intuir ocasionalmente alguna sombra que desfilaba por el campamento, probablemente haciendo guardia.
Las ropas que utilizaba para el combate estaban tendidas sobre el lecho. Apretó los puños con rabia, las cogió y comenzó a vestirse, comenzando por la parte de abajo.
Su mirada seguía fija en ella. No estaba dispuesto a pensar que esa había sido la última noche.
- Es la hora – Thyra abrió los ojos y sonrió. Estaba nerviosa, pero a la par que se encontraba impaciente
- Nunca es suficientemente tarde – se puso la parte de arriba y colocó unos viejos brazaletes de acero grabado en sus brazos.
La joven se levantó del lecho, dejando al descubierto su desnudez, y se acercó al mago.
- ¿Por qué sois tan hermosa? – preguntó Zack con una sonrisa en los labios y echándole su capa por encima de los hombros. Luego, tomó su rostro entre sus manos y la besó en la cabeza.
- Zack – Thyra lo miró a los ojos – No vamos a morir aquí
- Más te vale – el tono de su voz pasó a ser más divertido – Porque, decidme, ¿quién mejor que vos para ser objeto de mis burlas?
Por una única vez la joven arquera no replicó, en lugar de eso le besó en los labios, a lo que él respondió abrazándola.
Al fin y al cabo, ella también tenía algo de miedo, y el sonido de los que fuera, con pisadas fuertes comenzaban a formar, no podía sino reblandecer, aunque fuera mínimamente, su corazón de piedra.

domingo, 25 de octubre de 2009

Noche de chicas

La hoguera comenzaba a enmudecer mientras los jóvenes templarios iban cayendo en los brazos de Morfeo.

- Psss - Amelia trató de llamar la atención de Ilse - Ilse... ¿puedes dormir?
- No, no me dejas - la muchacha soltó una leve risita y se arrimó, aun cubierta por las mantas, a Amelia y a Jaqueline - ¿Y tú, Jaqueline?
- No... aun no tengo sueño... - la joven se cubría casi hasta los ojos, lo cual hacía que fuera casi imposible entenderla

Un ronquido las interrumpió.

- Dime que ha sido un animal enorme y muy cabreado - susurró Amelia
- Te diré que ha sido uno de ellos - respondió Ilse señalando a sus compañeros, quienes dormían profundamente. Duncant, Alejo, Johan, Jacob e Isaac se habían quedado traspuestos tras el largo día de entrenamiento.
- Míralos, ¿no parecen angelitos vistos así? - sonrió Amelia
- Mmm... yo diría que parecen más hombres que despiertos - aseguró Ilse - Por cierto, Amelia... ¿qué te pasa con Isaac?
- ¿A mí?... Nada... ¡nada! ¿por qué?
- Venga ya, he visto como lo miras...
- ¿Con desesperación? - Amelia intentó cambiar el tono de la conversación, de hecho... no le fue demasiado difícil - A Jaqueline, sin embargo, diría que el amor la ha tocado
- Y-yooo... - la joven intentó explicarse
- ¡Es cierto! - Ilse empezó a animarse. Siempre era muy divertido hacerle a Jaqueline este tipo de preguntas, se ponía colorada e incluso titubeaba - Hacéis buena pareja, ah... - suspiró largamente - ¿no sería romántico?
- Sí que lo sería - le siguió la otra
- P-pero yo... - Jaqueline seguía sin hablar demasiado
- Te gustaaaaa, no digas que nooooooo - Amelia insistía
- Y a ti Isaac - Ilse se rió de nuevo
- ¡Que no! - la joven, esta vez, alzó la voz más de la cuenta
- ¿Qué pasa? - Isaac se levantó sobresaltado, casi desenvainando
- ¡NADA! ¡TÚ A CALLAR!
- Joder... vale - el joven templario se dio media vuelta y musitando algo volvió a dormirse
- Gasfmprijalfdlakdj...
- ¿Qué dices Amelia? - preguntó Ilse
- Que es idiota - se cruzó de brazos - Buenas noches - se cubrió la cara con las mantas, enfurruñada


Así, otra noche más, de esas que callan secretos.

viernes, 23 de octubre de 2009

Un nombre

Un gesto, una palabra, una frase característica.
La manera de andar, de moverme, de no saber cerrar la boca.
La forma en la que observo, cuando lo hago.
Todo eso lo sabéis.
¿Qué más tenéis? Yo os lo diré: nada. No sabéis nada.
Como un mal cuento, contado por un juglar que no sabe todo lo que hay que saber, y que inventa distintos adornos para embellecer su relato.
Un nombre. Sí, conocéis un nombre, y puede, incluso, que hayais llegado a atisbar a quien se esconde tras ese apelativo.
Pero, ¿conocerlo? Yo creo que no.
¿Por qué todos lo intentan solo tres segundos? Probad con tres minutos. Pénsadlo, sigue siendo poco tiempo, ¿qué podéis perder?
¿Por qué todos se empeñan en decir conocer algo que ni siquiera se han preocupado en descubrir?


J.L. ...

miércoles, 21 de octubre de 2009

¿Qué más?

Y no pareces darte cuenta de que mi razón de ser es tu sonrisa,
que me roba la cordura a la que gustoso dejo marchar.
Que buscando tu mirada me perdí en tus ojos y no sé regresar.
Que cada palabra la atesoro donde solo yo la pueda hallar.
Que tus labios son poesía que recitaría sin cesar.
Que ya no tengo vida porque te la quisiste quedar.
¿Qué más quieres, mujer? ¿Qué más te puedo dar?


Z.V.

martes, 20 de octubre de 2009

Jamié Buckland


Todas las mañanas, cuando el sol despierta, Jamié también lo hace. Apenas parecen abiertas las calles, las sombras aun son dueñas de sus rincones y el silencio se calla ocasionalmente cuando un grillo canta.
Jamié Buckland se pone manos a la obra. Sale de su hogar sin prisas y se dirige a los jardines de palacio. La niebla baja que cubre Ushâr durante las noches frías comienza a despejarse, casi creando caminos para permitir al joven su paso.
Nunca va excesivamente arreglado. Su indumentaria consta de unos pantalones verdosos y una larga chaqueta marrón que cubre una camisa blanca, unas botas oscuras y unos guantes. Lo más curioso de él, sin embargo, es su maletín, grande, cuadrado y de diversos colores, como si alguien hubiera salpicado un pincel sobre él repetidas veces.
No puede evitar mirar todo cuanto hay a su alrededor. Adora las calles llenas de gente paseando, niños jugando y parejas susurrándose secretos al oído. No obstante, Ushâr duerme cada mañana cuando él comienza a caminar y la visión apagada de la tierra que tanto ama se vuelve mucho más inquietante, hace que sus tripas se revuelvan y que sus ojos se posen en cada detalle.
Y como cada día, antes de llegar a su destino, se vuelca en su afición, que no es sino hacer dibujos en las ventanas, utilizando el vaho como pintura y los dedos como pinceles. Después, contento del trabajo realizado sobre los cristales, prosigue su pequeño viaje hasta llegar a palacio.
Cruza el puente levadizo que siempre se encuentra bajado y que, de no ser por sus enormes cadenas, parecería flotar sobre el inmenso lago que descansaba bajo su dominio.
Un chico y una chica que van cogidos de la mano, se sueltan inmediatamente, avergonzados, cuando se cruzan con él. Jamié esboza una sonrisa a modo de saludo al reconocerlos como criados que, al igual que él, trabajan para Sus Majestades.
Algún que otro criado más se le suma al paso, más o menos deprisa y más o menos cargado de cualquier cosa, bien una cesta de mimbre apoyada en la cadera, o tirando de las riendas de algún caballo.
Finalmente llega al fantástico arco de piedra gris que enmarca una imagen que bien podría ser un maravilloso lienzo, dibujado por el mejor de los artistas.
Desde la entrada solo se alcanza a ver una ínfima parte de los jardines que rodean el castillo. Se acerca a la primera de las flores que encuentra, la observa de cerca y le susurra algo, tras lo cual sonríe.
Se quita la chaqueta y la aparta a un lado, lo mismo hace con los guantes. Luego abre el maletín, que no guarda sino una variopinta recopilación de colores dispuestos a ser usados.
Mueve los dedos repetidas veces, como si estuviera efectuando un calentamiento previo a su labor, y coge el pincel, cuya punta revisa y acaricia con las puntas de índice y pulgar antes de ahogarla en la superficie de un verde intenso.
Así comienza su tarea. Pinta sobre los pétalos y tallos de cada hoja y cada flor, dándoles color, dándoles vida y obligándolas a desperezarse ante el inicio de un nuevo día, lleno de tantas posibilidades como cabe imaginar. Les cuenta secretos que escucha, que considera divertido y que se quedarán a salvo con sus pequeñas y grandes confidentes y a medida que el día transcurre, el sol roba poco a poco el color que Jamié ha depositado sobre sus maravillas. De tal manera que al caer la noche de nuevo, todas se encuentran bien tapadas y dispuestas para dormir y soñar con el azaroso color que las vestirá al día siguiente.

lunes, 19 de octubre de 2009

Cadáver

Sí, un cadáver. Frito, cocinado al vapor, cocido... ¿qué más da? La cosa es que está muerto.
Y, ¿todo por qué? Si al fin y al cabo, que yo sepa al menos, él no hizo nada. No sé qué van a hacerme a mí, jajajajaja...ja.
No lo entiendo. Era un puñetero monitor de gimnasio, hormonado hasta las trancas y con pintas de repartir más ostias que un cura. Sin embargo tiene el cerebro... ¿cómo ponía en el periódico? Ah, sí, LICUADO.
¿Me explica alguien como se le licua el cerebro a una persona? Esto cada vez se parece más a un puñetero capítulo de “Expediente X”.
En fin, supongo que da igual. He dado a Jack por muerto pero no creo que sea posible. Seguiré metiendo la cabeza, con cuidado, porque no parecen tener el más mínimo reparo en cortarlas.
Es increible. Pienso en frío. No sé como es posible esa entereza... ¡qué cojones entereza!, inhumanidad, frialdad... no sabría como describirlo.
¿Es que ese hombre no tiene ningún tipo de sentimientos? No es precisamente normal, ¿no? Cuando lo ves en las películas te parece tan lejano e imposible que incluso te ríes con los chistes que a menudo suelta el más malo de los malos. Pero cuando lo tienes delante... cuando el más malo de todos esos, el super mafioso, o lo que narices sea... está delante tuya, la cosa cambia. El corazón se te sube a la garganta e intenta salir corriendo. Eres una jodida muñequita entre los brazos de un niño que te puede descabezar si le apetece. Y lo mejor es que no puedes hacer nada. Porque si lo haces estás jodido. Porque si lo haces eres historia.

McD. Sarah

lunes, 12 de octubre de 2009

Más y más recuerdos

Solo son trozos de papel, ¿no? En su defecto, imágenes en el ordenador.
No deberían importar lo más mínimo. Simplemente tendrían que permanecer ahí, y sin embargo no se conforman con eso.
Y se miran, una y otra vez. Algunos las archivan en libros de hojas transparentes, otros las cuelgan en la pared, se pueden llevar en la cartera, en las carpetas...
Es como robarle un pequeño momento al tiempo y guardarlo para siempre, por si la memoria flaquea.
Recuerdan nimiedades como...
Aquellos momentos que quizá olvidamos.
Esa noche, y porqué nos reíamos tanto.
Aquel beso, ese escalofrío en la espalda.
Esa carrera hasta el autobús, para llegar a tiempo al cine.
Porqué nos manchamos los zapatos de barro.
Porqué nos abrazábamos...

Recuerdos que a veces duelen.
A veces se hacen odiar.

jueves, 8 de octubre de 2009

Personas de colores


A menudo paseo por este mundo lleno de grises. Recorro sus calles, busco en sus rincones y observo las pisadas que la gente deja sobre la acera.

A veces no puedo evitar sorprenderme con cada paso que me hace avanzar o retroceder en el camino. Los tropiezos hacen que me plantee rendirme, pero al alzar la cara, las sonrisas de los demás me levantan.

Y sigo caminando. Una mujer recoge a su niño del suelo, que ha caído de culo y hace pucheros, pero que tras un leve tirón de los brazos, continúa su paseo como si nada hubiera ocurrido.
Eso sí que es ser valiente. O ignorante, quizás. Me fascina.

Un par de abuelitos van cogidos de la mano y se sientan en un banco, ella se apoya sobre el hombro del anciano, y él sonríe.

Avanzo un poco más y la cosa cambia, una pareja discute, él se quita la alianza del dedo y se la tira a ella a los pies. Luego se va, sin mirarla, y la deja llorando, inmóvil.

Sigo adelante y cruzo una esquina, me aproximo a la carretera y veo a dos hombres gritándose, uno de ellos intenta lanzarle un golpe al otro. Nadie interviene, a la gente no le importa o tienen demasiado miedo.


Lo bueno, es que en un mundo de grises siempre hay personas que te sorprenden. Personas que llevan en los ojos el color que le falta a las sonrisas de los demás.

Personas de colores, al fin y al cabo, que hacen que las cosas sea un poquito más fáciles.

domingo, 4 de octubre de 2009

Cobarde.

Eso dijo: cobarde.
No sabe hasta qué punto él es valiente. No tiene ni idea. Pero es más fácil decir "cobarde" y quedarse después en silencio.
Cobarde es tener que pelear cuatro contra uno. Cobarde es no saber decidir. Cobarde es retroceder veinte pasos...

Pero él no.

Dios... cómo siento no ser valiente. Cómo siento no saber estar ahí.
Pero lo intento, te prometo que lo intento... Gabriel.