Bajé del coche inquieta y dirigí la vista a la puerta del recinto.
“Otra vez aquí”, pensé. Y no sabía si me atrevía realmente a entrar. Mis pies querían salir corriendo, buscarle y abrazarle, pero un pellizco dentro de mí me preguntaba si podría evitar romperme con aquella mirada perdida con que le dejé la última vez. Y no hallé respuesta.
Al entrar miré a mi alrededor y pude comprobar que nada había cambiado. Aquellas pobres almas en pena deambulaban por los pasillos y exteriores del asilo bajo la atención sus cuidadores. Todo era paz, pero una paz inquieta, una paz que realmente no existía. El silencio era la alternativa que les quedaba, y no podía sino respetarlo.
Un hombre de cabello cano paseaba al lado de una monja. Iba con el atuendo propio de los internos y una cruz colgada al cuello. La mujer hablaba con él, que parecía responderle con pocas palabras, sin devolverle en ningún momento la mirada. “¿Seguirían, después de todo, buscando la luz de Dios?”
A lo lejos estaba el señor Candau, hablando con una paciente bastante particular e inquieta. Él, como siempre, parecía mantener la compostura, y sin embargo se adivinaba en sus ojos una tristeza infinita mientras la escuchaba.
Aparté la vista para evitar robarles aquella extraña intimidad, y me topé de bruces con aquel muchacho. Estaba sentado en una silla de ruedas, con los ojos puestos en ninguna parte. Era como si de alguna manera toda su vida estuviera encadenada en su interior, sin posibilidad de escapar. Una mujer elegante le abrazaba con el amor que sólo una madre es capaz de dar. Tras ellos, un caballero que permanecía en silencio, vestido con una gabardina larga que llevaba sobre su propia percha, algo desgarbada, y justo a su lado un hombre que me resultaba demasiado familiar y que observaba el abrazo no correspondido de la mujer al muchacho.
“¿Marcus? ¿Marcus Guichard?”, pregunté. Mi marido me había hablado en sus cartas de cada uno de sus compañeros en batalla, y Marcus era uno de ellos. El muchacho de la silla de ruedas resultaba ser su hermano Caesar, la mujer su madre y el hombre extraño el chófer de su familia.
- ¿Qué está haciendo aquí? – me preguntó extrañado
- Vengo a ver a Pierre – simplemente asentí con la cabeza - ¿Y usted? ¿Es por su hermano?
- No solo él, nuestro Mayor, Jean Martin, está aquí también… tuve que ingresarle yo mismo hace unos años. Lucien Dubois también está, al igual que su marido
- Y Arsène
- No… Arsène lamentablemente murió, cayó en combate – bajó la cabeza y negó
- No, señor Guichard, Arsène, Arsène Bourgeois, está aquí. Pierre me escribe a menudo y… me lo dijo, me dijo que sorprendentemente no murió en aquella explosión, que está vivo
- Está… vivo – su semblante cambió por completo, la alegría inundó su rostro y se disculpó cortésmente – Discúlpeme señora Baudelaire
Se retiró con paso rápido. Sonreí y suspiré.
“Quizás, después de todo, en este lugar también se puedan tener buenas noticias.”
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Hace 2 años

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Shhh... dilo bajito, que hasta el viento escucha...