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domingo, 17 de enero de 2016

Aquellos ángeles guardianes XII: Los que luchan


Jean Pierre y Monique

Iba caminando, y simplemente cayó al suelo. Aquella chica estaba peleando o conviviendo con más almas de las que su cuerpo podía soportar. A su alrededor comenzó a arremolinarse gente, como un muro de ojos inquietos y manos que intentaban ayudar sin saber muy bien cómo. Pero él se abrió paso hasta llegar a su lado. Jean Pierre tenía los ojos muy abiertos y la terrible expresión del no saber cómo ayudar a su esposa, aun creyéndola perdida de antemano.

- No me dejes, no te vayas… no me dejes – repetía como una cantinela mientras sujetaba su cuerpo tendido entre los brazos

“No ha servido de nada”, pensé, “Monique está muerta, tal y como temíamos… lo siento Jean P…”, y entonces devolví la mirada al suelo, donde estaban, y mi corazón se llenó de toda la alegría que mis circunstancias le permitían. Pensaba que ella estaba muerta, que mi buen amigo abrazaba su cuerpo desmayado, hasta que lo vi: los brazos de Monique rodeaban a su marido en un abrazo, y en los labios de él pude leer su nombre.

Había conseguido volver, había derrotado a sus fantasmas y vuelto con Jean Pierre. Lo había conseguido.
"¿Y si todos podíamos?"



Caesar y Patrice 

Los gritos esta vez provenían de la garganta de Patrice Dupont, y eran desgarradores. Salí al exterior para encontrarme con una escena desoladora. Algo parecido a una mujer aplastaba su cuerpo contra el del muchacho, que gritaba y suplicaba pegado a la pared, acorralado, mientras ella se reía, inmisericorde. A pocos pasos de ambos, impotente, estaba él, Caesar. Miraba la escena con rabia, con la frustración propia de quien no consigue avanzar por más que se lo propone, con los ojos desorbitados y el alma cogida por el cuello, a punto de morir asfixiada.

Yo apenas podía moverme, había dejado de saber qué hacer. No sé cuánto tiempo pasó hasta que la extraña mujer desapareció y Patrice cayó de rodillas. El pecho de Caesar se hinchó, de valor y de desesperación, y corrió como nunca he visto correr a nadie a abrazar al muchacho que se retorcía de pena en el suelo.

“No le sueltes, Caesar, no dejes que desaparezca.”


No podía escucharme, pero no hacía falta, sabía que por nada del mundo iba a soltarle. 

miércoles, 13 de enero de 2016

Aquellos ángeles guardianes XI: Sor Adele y La capilla

Estaba saliendo del comedor cuando una mano se posó en mi hombro, dulce pero firme. Al mirar me encontré de sopetón con los ojos de Sor Adele, parejos a su tacto.

Me mantuvo la mirada unos segundos, hasta que yo traté de esbozar inútilmente una sonrisa que no llevaba en ningún bolsillo.

- No puedes bajar los brazos – casi ordenó con ternura

- Ya lo sé… pero no sé… no sé cómo mantenerlos en alto… hace tan solo unas horas podía tocarle – las lágrimas acudieron a mis ojos

- Mi niña, tienes que aceptar lo que está pasando. Deja de correr de ello, acéptalo y enfréntalo

- ¿Cómo lo hace usted, Sor Adele? – parecía tan entera y sin embargo tan agrietada…

- Yo confío en la luz, intento que la oscuridad no me haga perder el rumbo… y tú tienes que hacer lo mismo, aunque tu luz no sea la misma que la mía – y ante mi silencio continuó – Sé que tienes miedo, créeme, sé cómo te sientes, pero tienes que sacar valor de ese miedo – suspiró y dio un nuevo apretón a mi hombro – No te rindas

Era increíble como un cuerpo tan pequeño y con tantos años sobre la espalda podía seguir imprimiendo semejante fuerza sobre el espíritu ajeno. Se alejó cojeando, como si la voz que hablase a través de ella pudiera desafiar al mismo diablo, aunque el cansancio hiciera mella en sus costuras.

································································

Aquella capilla había sido depositaria de demasiadas cosas a lo largo de la noche. Secretos, profecías terribles sobre un apocalipsis que ya teníamos casi encima, profanaciones del cuerpo y de la mente… Pero esta vez entré sin más deseo que tener unas palabras que no encontrarían respuesta, para alguien que posiblemente tuviera cosas más importantes que hacer que escucharme.

Para mi sorpresa, estaba vacía. Me coloqué en el centro casi por inercia, pero no hubo inclinación de cabeza, ni me santigüé, ni nada. Si Él tenía algo que ver en todo lo que estaba pasando no se merecía la reverencia de ninguno de nosotros.

- Sé qué hace mucho que tú y yo no hablamos. Es posible que no me haya ganado que me escuches, pero no sé si, con todo lo que está pasando, te has ganado tú que te hable. Puedes… puedes hacer lo que quieras conmigo, pero no con esta gente… no con él… - suspiré y cerré los ojos un momento para volver a abrirlos – He hablado con una de tus luces. Sor Adele es como un faro para el náufrago. Ahora mismo parece la única que confía en tu guía, así que… te pido que no la destruyas. No se lo merece, y si tienes un mínimo de razón, lo sabes. No sé si es cierto que esto es una prueba, y ni siquiera sé si podré superarla, pero ella ha demostrado con creces que está dispuesta a tropezar cuantas veces hagan falta para llegar hasta la meta, así que…

- Oh, está ocupado – la puerta se abrió y alguien que no recuerdo hizo amago de cerrarla y se dio la vuelta

- No importa – miré arriba, donde estaba su imagen – Ya habíamos terminado

domingo, 10 de enero de 2016

Aquellos ángeles guardianes X: La cena

Entré en el salón, que entonces estaba iluminado. La luz había decidido darnos tregua y las velas descansaban a la espera de ser reutilizadas en cualquier momento. Miré a todas partes buscando un hueco en el que sentarme y para mi sorpresa la inmensa mayoría estaban ocupados. Me había costado aceptar ir a cenar, pero nadie más parecía tener problema con que la comida se les convirtiera en ceniza en la boca. No entendía cómo podían tener apetito.

Había un hueco libre al lado de Evangeline Guichard. No hacía demasiado que me había enterado de su participación en el ritual que me había arrebatado a Pierre y nos había traído aquí. No tenía fuerzas para sentarme a su lado. De hecho, no tenía sentido que lo intentase.

Giré la cabeza en busca de otro lugar y los ojos de Jean Pierre Candau señalaron a una silla que había delante suya, rescatándome con su gesto e invitándome a tomar asiento.

Nos sentamos uno frente al otro y pasamos unos segundos mirando vagamente al plato que teníamos delante. Él tampoco parecía tener hambre.

Busqué respuestas en sus ojos. Cuando había hablado con él anteriormente no parecía tan abatido y ahora, sin embargo, las lágrimas luchaban tras sus pupilas.

- ¿Monique? – pregunté simplemente, observándole

Su respuesta me pilló totalmente por sorpresa.

- Discúlpeme, señora Baudelaire – se incorporó retirando su silla y se marchó

Durante unos instantes no sabía si le había ofendido o simplemente no podía enfrentarse a mi pregunta. Di vueltas con el tenedor a algo de carne que había en el plato hasta que escuché cómo la silla volvía a arrimarse a la mesa.

El señor Candau había vuelto, con los ojos enrojecidos y con un penoso disfraz de entereza.

- Monique ya no está – tragó saliva – Hay… hay varias almas ocupando su cuerpo pero la suya ya no está, ha desaparecido, y no creo que vaya a volver

- No está muerta, no hasta que la hayas visto morir. Puede… puede que su alma siga en algún rincón de su cuerpo, pero que esté atrapada y no tenga fuerzas para volver a salir. Puede que tenga miedo – puse mi mano sobre la suya despacio. Me sentía terriblemente identificada con él, intentaba convencerle de algo que yo misma no sabía si creer o no – Si sigue ahí, en algún lugar, necesita que seas fuerte por los dos, que no abandones – me regaló entonces una de las pocas sonrisas reales que había visto aquella noche, y retiré la mano después de darle un ligero apretón

El silencio se apoderó de nuevo de nuestra mesa, sustituido sola y momentáneamente por el sonido del cubierto en el plato.

- Pierre no va a volver – me encontré por primera vez diciéndolo en voz alta, y escucharme fue terrible

- ¿Qué?

- Me lo ha dicho Arsène – negué con la cabeza – Que nos está salvando a todos… y que no puede volver, que no hay ninguna manera

Como si fuera el espejo de un pasado reciente, me cogió la mano y apretó levemente.

- Arsène no está en posesión de la verdad absoluta, Nicole. No desesperes. No podemos



“No podemos. No queremos. ¿Dónde estaba nuestra esperanza?”

sábado, 9 de enero de 2016

Aquellos ángeles guardianes IX: Etiène

Etiène estaba tirado en las escaleras. Tazio y Jean le preguntaban repetidamente por el ritual mientras presionaban la herida que Caesar le acababa de infligir. Un sinfín de imágenes desfilaban por mi cabeza mientras sus alaridos invadían la estancia.
Hacía unas horas me había dicho, asustado, que Pierre había sido quien le había atacado. Tuve razón en no creerle en aquel momento pero… eso era demasiado.

Di un paso al frente con intención de intervenir, de hacerles parar, y otro recuerdo me sobrevino. Contemplé de nuevo con total claridad cómo los ojos de Etiène se clavaban en los míos, como abandonaba aquel semblante en apariencia indefenso y asustadizo y una sonrisa se asomaba sin pudor a sus labios para luego relamerse mirándome de arriba abajo.
Fue entonces cuando el paso que iba a dar se quedó en poco más que una intención.
Ese hombre no era lo que parecía. Era peligroso. Todos lo sabíamos, pero nadie podía probarlo.

Se lo llevaron escaleras arriba, para la zona de las celdas y entonces escuché a Tazio. Sus palabras eran claras: “Fue él quien hizo el ritual”.
Me encontré subiendo a toda prisa, con la voz de Jean Martin intentando detenerme. No estaba dispuesta a parar. Tenía que saberlo, tenía que decírmelo.
Entré en quirófano, donde le estaban atendiendo. La herida que tenía no le daría mucho más cuartel. Me paré a su lado y clavé los ojos en él con la misma intensidad que si pudiera atravesarle con ellos.

- ¿Fuiste tú? – me miró con una expresión lastimosa y tendió la mano hacia mí. La esquivé como si fuera la mismísima garra del demonio. Él no respondía - ¡¿Fuiste tú?!

- Lo siento – dijo entre quejas y llantos que ya no podía creer

- ¿Le… mataste?

Lloriqueaba mientras asentía con la cabeza como respuesta a mi pregunta.
Las manos me temblaban y todo mi cuerpo las seguía. Algo terrible y oscuro comenzó a crecer dentro de mí, un ansia que nunca había sentido y que, como la marea, fue adueñándose de todo. En ese momento supe que podría matarle. No podía pensar, toda esa rabia e impotencia me enceguecían. Apreté los puños tratando de contenerlas y una enfermera me puso las manos sobre los hombros.

- Debería salir, madame Baudelaire, esto no le hace ningún bien

Abandoné la sala sin mirar atrás. La marea decrecía con lentitud y la razón volvía a ganar terreno muy poco a poco. Si alguien podía revertir el ritual, era Etiène.

“¿Habría llegado a… matarle?”

Apenas unos minutos más tarde le encontré en el suelo, tirado, sin que nadie acudiera en su auxilio. Me acerqué y llamé a una enfermera a voces. No quería tocarle, no quería ni siquiera respirar el mismo aire que él respiraba, pero apreté la mandíbula, cogí fuerzas y le di la vuelta. No tenía ni idea de cómo tomar el pulso, no sabía cómo comprobar si estaba vivo, pero sabía que no lo estaba.

Permanecí unos instantes en silencio y suspiré.

- Sé que tu muerte no arregla nada… - la voz casi me temblaba – Pero te la mereces

viernes, 8 de enero de 2016

Aquellos ángeles guardianes VIII: Arsène Bourgeois

Acababa de dejar tras de mí a Tazio, que se había apresurado a salir a tomar aire, cuando me crucé con un muchacho que vestía una bata blanca. Era el doctor Víctor Candau, hermano de Jean Pierre. Iba tan sumida en mis pensamientos que apenas le vi pasar, pero escuché con perfecta claridad lo que me dijo: “Arsène ha hablado con Pierre”. Y mis pies decidieron salir a la carrera sin pedirme permiso.

Busqué velozmente y con avidez por todas y cada una de las habitaciones que encontré por el camino, hasta que un montón de gente arremolinada en el exterior delató la presencia de Arsène entre ellos.

Me acerqué sin pedir permiso ni hacer tipo alguno de pausa y le observé con un nudo en la garganta. Clavó sus ojos en los míos y los apartó con brusquedad, para luego devolverme la mirada despacio. Un presentimiento me sobrevino y lancé la pregunta cuya respuesta no sabía si quería escuchar:

- ¿Cómo está Pierre? ¿has hablado con él?

- Nicole… - me puso una mano en el hombro – Pierre está en mitad de una brecha entre el cielo y el infierno. Está parando a los demonios, está sacrificándose para impedirles que lleguen hasta nosotros, hasta ti… - noté como la sangre se congelaba en mis venas, las lágrimas comenzaron a golpear tras mis ojos. Negué con la cabeza – Me ha dicho que te diga que te quiere

- ¿Cómo…? – sentía que me faltaba el aire - ¿… cómo podemos traerle de vuelta?

- No se puede, Nicole. Te reunirás con Pierre en el cielo… pero será dentro de muchos años, él estará esperándote…

Siguió hablando, pero yo no podía escucharle. Todo a mi alrededor era mutismo y un grito me arañaba la garganta con la rabia de un animal enjaulado. Retrocedí un par de pasos, hasta que el cuerpo venció a mi voluntad de seguir de pie. Hundí los dedos en la tierra mientras las lágrimas comenzaban a conquistar la plaza que la razón y la esperanza habían defendido.

“No puede ser, no puede ser… no puede ser. No puedes estar muerto, no puede ser…”

Repetí la misma cantinela hasta que el aire que me faltaba me impidió seguir, y el brazo de Lucien Dubois me rodeó. Dijo algo que soy incapaz de recordar, que apenas podía escuchar. Asentí y me levanté. Necesitaba salir de allí, necesitaba correr, correr hasta que no pudiera más, y sin embargo no encontraba fuerzas para hacerlo.

Me levanté con la ayuda de Dubois y mis pies me llevaron dentro. Nadie me siguió, aunque escuché en la distancia a alguien llamarme un par de veces, pero seguí caminando con aquel nudo apretando mi garganta.

Un soplo de aire frío me arrancó las palabras en mitad de ninguna parte.

- ¡Nadie te pidió que te sacrificases! ¡Tú no tenías que estar allí!


Le grité al infinito, al tiempo que de pronto nos habían arrebatado, a todo cuanto se interponía entre nosotros. Le gritaba a él aunque no pudiera oírme, porque la desolación era todo cuanto parecía quedarme en aquel momento.

- Por favor, vuelve conmigo… vuelve conmigo…



Y con las lágrimas nublándome la vista y su ausencia la cordura comencé a caminar sin rumbo, porque mi norte había desaparecido.

jueves, 7 de enero de 2016

Aquellos ángeles guardianes VII: La desolación de Tazio

Iba camino a las celdas, a buscarle de nuevo, cuando alguien se cruzó en mi camino. Estaba casi al final del pasillo, saliendo de la sala de quirófano. De pronto la gabardina que había llevado toda la noche parecía pesarle más que la vida misma. Su cabeza estaba totalmente gacha, la mirada perdida y su porte tambaleante. Me costó reconocer en él al hombre que había venido conmigo en el coche, Tazio Caggio, el caballero que llevaba la compostura como segunda piel, se había desecho de ella. Avanzó con algo entre las manos temblorosas hasta entrar en una de las celdas de los internos, y sin poner freno a sus piernas se dejó caer de rodillas delante de la ventana. Sus dedos pasaban las cuentas de un rosario negro mientras sus labios dejaban escapar susurros de algún rezo a alguien que posiblemente había dejado de escucharle.
Me quedé de pie a su lado unos instantes, sin saber qué decir.

- Era mi padre – dijo con voz queda – Jack… Jack era mi padre

- Jack… - no podía hablar en serio - ¿Jack el… destripador?

Asintió y apretó con fuerza el rosario. Puse una mano en su hombro, y como si eso le desinflase suspiró despacio.

- Me ha dicho que estaba orgulloso de mí – y repentinamente retiró su brazo, como si todo él emanase suciedad y no quisiera tocar nada – Le he apuñalado – apretó las manos de nuevo, manchadas de una sangre que ninguno, ni siquiera él, podíamos ver

Sabía que no había nada que pudiera decirle, de modo que no lo intenté. Pero también sabía que no podía dejarle sólo, que muchas veces necesitamos una sombra haciéndonos silenciosa compañía, y nada más. Me quedé allí mientras los minutos pasaban sin que los tuviéramos en cuenta.
De pronto, como si no pudiera permitirse la flaqueza que le apuñalaba el vientre, cogió aire y se levantó despacio, con la vista puesta en un horizonte que había perdido.
Luego me miró de reojo, devolvió la mirada al frente y simplemente asintió.

No sabía de dónde pensaba sacar las fuerzas, pero lo haría, había un destello de resolución en él que juraba que lo haría aunque por dentro estuviera roto.

miércoles, 6 de enero de 2016

Aquellos ángeles guardianes VI: Yo la vi morir

Todo era confusión. Cuando abrí los ojos la primera imagen que mi cerebro decidió mandarme fue la de aquella pobre chica, Gwendoline. Aquel hombre vestido con la grotesca mueca de un cerdo nos había desafiado a entregarle a alguien, y ella lo había hecho delante de todos nosotros. Y él… él le había cortado el cuello.

Miré a todas partes y me levanté despacio, pero mi cuerpo recibió como un jarro de agua fría lo que tenía delante de mí. Allí estaba ella, Gwendoline. Viva.
No podía ser. Y sin embargo… sin embargo era real.

Había pasado tantas y tantas horas evitando salir cuando la gente gritaba enloquecida, huyendo de aquellos fantasmas con los que se estaban encontrando y de los que yo intentaba convencerme de que eran producto de medicación, drogas quizás…

Había pasado tantas y tantas horas negándome que lo que estaba ocurriendo era real, buscándole a todo una explicación lógica para no caer en la sinrazón y la locura…


- ¿Por qué no sales? – me había preguntado Caesar poco antes durante una de esas explosiones de locura

- Estoy cansada de escuchar gritos y…

- No sales porque temes que sea él. Temes encontrarte con su fantasma

Aquella respuesta me había dejado helada, pero tenía razón. Temía no poder buscar más excusas a que todo lo que ocurría era real. Los fantasmas, el pasado llamando a la puerta, el corazón en aquella caja…


Pero ella había muerto delante de mí. La imagen de aquel ser cortando su cuello, de la sangre saliendo furiosa de su garganta, no desaparecía de mi cabeza. Y sin embargo allí estaba, en pie, y nadie parecía sorprenderse.
¿Sería cierto todo lo demás? No quería abrir los ojos y la realidad me golpeaba sin piedad en la cara. Ya no había excusas, no había métodos de evasión. Sólo la verdad gritándome en los oídos. 
Y era insoportable.

Aquellos ángeles guardianes V: En su busca

Apenas estábamos terminando de cenar cuando mi cuerpo decidió que no podía tomar un bocado más. En realidad cada cucharada había sido por inercia, sin prestar siquiera atención a qué había en el plato.

Todo el mundo estaba reunido en el salón, al calor de la chimenea que se esforzaba por caldear la sala, por momentos sin demasiado éxito.

Me levanté y me decidí a salir. Otra vez. Había perdido la cuenta de las veces que había recorrido los exteriores del asilo en su busca. Le había llamado por su nombre, había repetido hasta la saciedad que estaba preocupada por él, que todo estaba bien, pero que tenía que regresar. Había paseado tranquilamente para dejarme ver, y a la carrera. Me dolían los pies y hacía frío. Mucho frío. No podía dejar de pensar en lo perdido que podía sentirse, en que si seguía fuera su salud empeoraría considerablemente en cualquiera de los sentidos. Y no veía el momento de tenerle entre mis brazos.

“¿Dónde estás, mi amor?”

martes, 5 de enero de 2016

Aquellos ángeles guardianes IV: Soy Caesar Guichard

La luz de la chimenea apenas nos dejaba atisbar el rostro del otro, pero yo podía ver en él algo que ya no luchaba por mantenerse escondido. Habíamos hablado con anterioridad, y en aquella ocasión me había dado a entender que la sangre que manchaba su camisón de interno pertenecía a mi esposo. Creía saber lo que aquello significaba, pero en su franqueza hallé el muro que me impedía odiarle.
Parecía atrapado, tan atrapado como la mayoría de los que estábamos allí.

Hacía tan solo unas horas le había visto apretar con toda la fuerza de la que su mano derecha era capaz el brazo de Patrice Dupont. Había algo en esa fuerza que me fascinó, un susurro gritado a los cuatro vientos. No podía ser lo que pensaba… y sin embargo, como si yo no estuviera delante, el señor Dupont le besó en los labios. Tierno, dulce, inesperado, decidido, como si ninguna otra cosa le importase. Tardé unos segundos en reaccionar, y me encontré con una única pregunta: “¿quién soy yo para juzgarles?”. No podía menos que admirar su valentía.

Sus ojos aparecían y desaparecían en la oscuridad, pero su emoción ya no se escondía.

“¡Sodomita!”, escuchamos ambos repentinamente, y sabíamos a quién le estaban gritando. Alzó la mirada, como si ésta pudiera darle alas y permitirle correr, ir detrás del corazón que había saltado de su pecho.

- No puedo evitar ser quien soy, soy Caesar Guichard, Madame Baudelaire… y hago lo que tengo que hacer

Había dicho eso delante de la lumbre, y apenas habían pasado unos minutos cuando le encontré en el suelo, hecho un ovillo y llorando. Su mundo se derrumbaba. Era posible que hubiera hecho cosas terribles, pero el dolor que sentía en ese momento hacía vibrar la habitación. Me arrodillé a su lado y le apreté el brazo. Le dije que el mundo les juzgaría, pero que estaban vivos, vivos para sostenerse el uno en el otro. Le dije que nada se había perdido, pero había mucho que ganar. Le dije que tuviera fuerza, por los dos. Y le tendí la mano.
Tras unos segundos de duda la cogió y levantó la vista, casi destruido en su fortaleza.

Y aquella frase se repitió en mi cabeza como un eco que lanzaba a gritos por los ojos:

“Soy Caesar Guichard, y hago lo que tengo que hacer”.

Y una parte de mí, la parte que nada podía reprocharle, deseó que tuviera suerte.

Aquellos ángeles guardianes III: El corazón

Tenía la caja entre mis manos. Algo dentro de mí me decía que era importante, así que me medio aparté con ella. Sin tan siquiera mirar en su interior introduje los dedos. Su contenido era blando, emitía un calor desagradable que no lograba adjudicar a nada.
Decidí abrir la caja y el brillo de una alianza dorada, gemela a la que yo misma llevaba, atravesó mi propio corazón mientras sostenía entre las manos el de alguien.

“Mi corazón es tuyo, y el tuyo, sólo a mí me pertenece…”

Todo pasó muy rápido. Dejé caer la caja con su brutal contenido con mi propia voz gritando en mi cabeza esa frase que tantas veces le había dicho.

“No puede ser. No puede ser. No puede ser. No puede ser.”

Alguien se acercó, ignoro quién. Hice acopio de todas las fuerzas que podía para agacharme y recoger su alianza. No sé dónde me llevaron los pies, pero avancé muy deprisa y cuando me vine a dar cuenta tenía su anillo puesto en el índice de mi mano izquierda.

“Serénate, Nicole, no puede ser de él. Es imposible, es… imposible, ¿verdad?”

lunes, 4 de enero de 2016

Aquellos ángeles guardianes II: Volver a verte

“Ya han salido de terapia”. Fue todo lo que escuché, y salí corriendo en su busca. La espera se me estaba haciendo eterna. Le vi sentado en el banco de fuera, rodeado de gente. Aceleré el paso, tratando de que no se convirtiera en una carrera por mucho que mi pulso ya la hubiera comenzado.

Me paré delante suya y le miré a los ojos. Una parte de él no parecía estar allí.

- Pierre… - tragué saliva al ver que nada en él me respondía – Pierre, estoy aquí… - me encontré con la terrible sensación de no saber cómo tratar a mi marido, y cogí todo el aire que era capaz de almacenar - ¿Puedo sentarme a tu lado? – tardó unos segundos en asentir, y me senté - ¿Cómo… cómo estás? – no hubo respuesta – Pierre, soy yo, Nicole… ¿quieres…? ¿quieres caminar conmigo?

Fue entonces cuando asintió dos veces y, de forma absolutamente imprevista, me cogió de la mano entrelazando sus dedos con los míos. Mi corazón dio un vuelco.

“Sigue aquí, Nicole, él sigue aquí…”

Comenzamos a pasear por el jardín. Nada crecía allí, como si el lugar fuera en consonancia con su uso.
No podía soltar su mano, no quería y él no me lo permitía. Paramos en algún momento. Seguía sin mirarme y sin responder a si se encontraba bien, cosa que no dejaba de preocuparme.

- Te echaba de menos – dijo de pronto, casi balbuceando. Sonreí y apoyé mi frente en su mejilla. Necesitaba tenerlo cerca y cuando lo hice noté cómo por primera vez su sonrisa se ampliaba y sus dedos apretaron los míos

Habló poco, pero estaba asustado. Recordaba lo que había vivido durante la Gran Guerra, las cosas terribles que había tenido que hacer.

- Soy un monstruo – dijo, y por primera vez me miró a los ojos, lleno de dolor

- Pierre… - tragué saliva – ¿Sabes lo que es un monstruo? Un monstruo es quien hace el mal sólo por el disfrute de hacerlo, es quien se esconde y espera para destruir la felicidad de los demás, un monstruo es egoísta, y cruel… y tú – deshice el nudo de nuestros dedos para coger su cara entre mis manos – Tú eres Pierre Baudelaire, y Pierre Baudelaire no podría jamás ser un monstruo

Esbozó una sonrisa tímida, casi infantil, y sacó algo de su bolsillo.

- Lo he escrito yo – desdobló un papel y vi unas pocas líneas escritas posiblemente con el lápiz que sacó del bolsillo. Rodeó torpemente el encabezamiento “Para Nicole”

- ¿Nicole eh? Debe ser muy afortunada – se rio, como quien comprende un chiste - ¿Puedo leerlo? – volvió a asentir y a coger mi mano. No pude evitar la sonrisa en mis labios al leer sus palabras. Decía que yo era su luz, que quería ir conmigo y que me echaba de menos. Mientras leía, rodeó con el lápiz otra frase, que se repetía tres veces y simplemente decía “Me llamo Pierre Baudelaire”

- Él también es afortunado – dijo, y dejó descansar su mejilla contra la mía

Seguimos caminando. Con pocas palabras me contó que quería irse, que estaba cansado. Apenas habían pasado unos minutos cuando una enfermera se acercó a nosotros y dijo que tenía terapia de nuevo, que tenía que llevárselo. Le acompañé hasta la puerta y tomé algo de distancia con la enfermera, dejándole parado a mi lado.

- Cuando salgas de terapia estaré aquí, esperándote. No voy a irme a ningún sitio, no sin ti. Vamos a volver a casa, Pierre – me miraba fijamente y apretaba mi mano, diría que casi efusivamente, a medida que me escuchaba – Te quiero


Hinchó el pecho, su mano pasó de estar entre las mías a ser guiada por la de la enfermera.
Luego desapareció tras aquella puerta.

domingo, 3 de enero de 2016

Aquellos ángeles guardianes I: La llegada

Bajé del coche inquieta y dirigí la vista a la puerta del recinto.
“Otra vez aquí”, pensé. Y no sabía si me atrevía realmente a entrar. Mis pies querían salir corriendo, buscarle y abrazarle, pero un pellizco dentro de mí me preguntaba si podría evitar romperme con aquella mirada perdida con que le dejé la última vez. Y no hallé respuesta.
Al entrar miré a mi alrededor y pude comprobar que nada había cambiado. Aquellas pobres almas en pena deambulaban por los pasillos y exteriores del asilo bajo la atención sus cuidadores. Todo era paz, pero una paz inquieta, una paz que realmente no existía. El silencio era la alternativa que les quedaba, y no podía sino respetarlo.
Un hombre de cabello cano paseaba al lado de una monja. Iba con el atuendo propio de los internos y una cruz colgada al cuello. La mujer hablaba con él, que parecía responderle con pocas palabras, sin devolverle en ningún momento la mirada. “¿Seguirían, después de todo, buscando la luz de Dios?”

A lo lejos estaba el señor Candau, hablando con una paciente bastante particular e inquieta. Él, como siempre, parecía mantener la compostura, y sin embargo se adivinaba en sus ojos una tristeza infinita mientras la escuchaba.
Aparté la vista para evitar robarles aquella extraña intimidad, y me topé de bruces con aquel muchacho. Estaba sentado en una silla de ruedas, con los ojos puestos en ninguna parte. Era como si de alguna manera toda su vida estuviera encadenada en su interior, sin posibilidad de escapar. Una mujer elegante le abrazaba con el amor que sólo una madre es capaz de dar. Tras ellos, un caballero que permanecía en silencio, vestido con una gabardina larga que llevaba sobre su propia percha, algo desgarbada, y justo a su lado un hombre que me resultaba demasiado familiar y que observaba el abrazo no correspondido de la mujer al muchacho.
“¿Marcus? ¿Marcus Guichard?”, pregunté. Mi marido me había hablado en sus cartas de cada uno de sus compañeros en batalla, y Marcus era uno de ellos. El muchacho de la silla de ruedas resultaba ser su hermano Caesar, la mujer su madre y el hombre extraño el chófer de su familia.

- ¿Qué está haciendo aquí? – me preguntó extrañado
- Vengo a ver a Pierre – simplemente asentí con la cabeza - ¿Y usted? ¿Es por su hermano?
- No solo él, nuestro Mayor, Jean Martin, está aquí también… tuve que ingresarle yo mismo hace unos años. Lucien Dubois también está, al igual que su marido
- Y Arsène
- No… Arsène lamentablemente murió, cayó en combate – bajó la cabeza y negó
- No, señor Guichard, Arsène, Arsène Bourgeois, está aquí. Pierre me escribe a menudo y… me lo dijo, me dijo que sorprendentemente no murió en aquella explosión, que está vivo
- Está… vivo – su semblante cambió por completo, la alegría inundó su rostro y se disculpó cortésmente – Discúlpeme señora Baudelaire

Se retiró con paso rápido. Sonreí y suspiré.

“Quizás, después de todo, en este lugar también se puedan tener buenas noticias.”