sábado, 31 de enero de 2009

Lo nunca dicho

Lágrimas.
Lágrimas por un beso nunca dado,
lágrimas por un abrazo no concedido,
lágrimas por un sentimiento no expresado.
Gritos de un corazón antaño muerto
y ahora herido.
Susurros nunca expresados,
Palabras de amor que nunca se han pronunciado…
Llanto, amargo llanto al recordar un pasado,
Un pasado que no aprecié, cuando estabas a mi lado.
Vuelve…vuelve y podré decirte que lo siento y que te amo.

jueves, 22 de enero de 2009

Tejedor de sombras

Hoy todo el color ha violado las fronteras de los sueños. Hoy las pesadillas toman la forma de un tablero. La luna no brilla, la mujer no ríe y el gato no maulla.

Hoy su mirada secó mis lágrimas, su inocencia condenó la vergüenza. Hoy la noche perdió sus estrellas y su camino mi norte.

Los nombres se van borrando de mi libro, llevándose las vidas que suponen. Hoy las páginas de los cuentos se tiñen de negro... Hoy tengo miedo.

Más allá del libro y las palabras están los abrazos. Más allá del miedo la sonrisa y el susurro que araña la luna en el amanecer. Más allá del miedo estás tú, y ese nombre da fuerza a la tormenta. Escribiremos nuevos nombres, nuevas historias que pueblen tus sueños y llenen tu vida. Escribiremos hasta que las páginas aprendan a hablar.

Quizá así los hilos de mentiras se rompan y dejemos de ser frágiles marionetas de sueño y pesadilla. No tengo ya a nadie a quien contar cuentos de arco iris tras el crepúsculo.

Nadie... Las palabras se crecen y nos miran con un falso poder desde el pedestal de sombras que crean nuestra inseguridad. No puede haber sombras tras las sombras, tras la limpia mirada... y si las hay, déjame darle luz a los ojos.

martes, 20 de enero de 2009

Vamos a contar mentiras...

Y hoy una vez más no puedo evitar la estúpida sonrisa. He encontrado una pequeña mochila que ni siquiera recordaba poseer. Estaba llena de polvo, guardada, por irónico que parezca, en el baúl de los recuerdos. La cremallera apenas corría pero con paciencia conseguí abrirla. Mis labios dibujaron una feliz línea al ver una pequeña montaña de cintas de casette. Los títulos apenas eran legibles, la tinta se ha borrado con el paso del tiempo. “¿Seguirán funcionando?”. Cogí la primera que mi mano pudo alcanzar y la puse dentro del radiocasette, al cual le costó funcionar. Entonces lo escuché: Había una vez un circo que alegraba siempre el corazón...
Y realmente lo hizo, ese montón de canciones olvidadas hicieron de mi noche rutinaria, una especial, llena de miradas a ninguna parte en concreto, de recuerdos vacíos y llenos.
Yo también quisiera ser tan alta como la luna. También quisiera ir a encontrar las llaves, Matarile, o tener una muñeca vestida de azul... ¿Y por qué no? Quisiera contar mentiras, que por el mar corre la liebre y por el monte las sardinas... Ser tan fuerte como Don Pimpón.

lunes, 19 de enero de 2009

Son gestos...

Y es cierto. Es cierto que nunca tenemos en cuenta los pequeños gestos. Porque cuando recibimos un abrazo, no sabemos disfrutarlo, pensamos que pronto vendrá el siguiente. Igual ocurre con un beso, que algunas veces no nos da tiempo ni siquiera a saborear. Un adiós, ese gesto que se hace con la mano al aire, o quizá llevando dos dedos a la frente dando un pequeño toque sobre ella. Y seguimos en la eterna incertidumbre del no saber cuando será el siguiente “hola”. Los gestos llenan nuestra vida cotidiana, y a menos que sea algo que salga en una película o en un programa amarillista, nunca los tenemos en cuenta. Un simple guiño puede hacer girar el mundo. Una sonrisa cambia el curso de la historia. Lástima que muchos no puedan comprenderlo.

jueves, 15 de enero de 2009

Extraño

Hoy le grito al silencio para que se vaya, hoy condeno a cadena perpetua a las palabras y doy la libertad condicional al gesto. Extraña. Extraña.
Es extraño el mismo dormitorio, la misma cama, los mismos crujidos en la noche. Es extraño el murmullo del agua del grifo. Todo es tan lejano que se hace extraño. Todo es tan lejano que se añora. Ahora mismo, incluso yo soy extraña.

miércoles, 14 de enero de 2009

Niña, sueña...

Niña de mirada arcoiris, dibuja en tus labios la sonrisa que se hace perpetua en la mente.
Niña de manos bailarinas, de estelas de colores, de sombras indefinidas que trazan senderos inconclusos, de estallido de crepúsculo en el mar del cielo.
Niña de los ojos tristes, busca el sueño. Acurrúcate en el colchón blando de nubes y haz pasajera de un cometa a la imaginación.
Colorea rostros desconocidos. Niña, no te distraigas o las ovejas se habrán marchado
.

jueves, 8 de enero de 2009

Lithium

Abrió los ojos en mitad de la noche. Tenía el cuerpo profundamente dolorido. Como siempre, su madre había vuelto su rabia contra ella y sabía que, de algún modo, tenía la culpa.
Algo le decía que no pertenecía a ese lugar pero, ¿quien iba a corroborarlo? Era una idea estúpida.
La primera paliza que recordaba tuvo lugar a los tres años apenas cumplidos, y desde entonces se habían vuelto frecuentes y más violentas.
La pequeña se esforzaba por acatar todo lo que le decía su madre para no llevarla a enfado, pero cualquier excusa era pretexto para que ésta le asestase no pocos golpes que, con el tiempo, había aprendido a esconder.
Su padre apenas pasaba por casa debido a ciertos viajes que según decía, eran de negocios.
La relación entre sus padres se había vuelto distante. El odio refulgía en la mirada de su padre cada vez que la dirigía hacia su madre.
Él sabía que golpeaba a la pequeña, pero, al fin y al cabo, nunca había visto marcas o moretones, de modo que pensó que su mujer hacía todo esto por el bien de la niña y su educación.
Pero esta última paliza había sido, con mucho, la peor de todas. Sus padres habían discutido y él se había marchado dando un portazo. Tras ésto, su madre, Victoria, se había dirigido hacia su habitación y se había ensañado a patadas con ella: en el vientre, en las piernas, la espalda... Siempre tenía mucho cuidado de no marcar la cara. Lylian no encontraba el motivo de su ira, pero sabía que, como siempre, era culpa suya, ¿por qué sino su madre la iba a golpear y su padre no iba a defenderla? Era un pequeño monstruito que, desde que llegó, le había jodido la vida a sus padres. Eso era lo que Victoria le decía sin siquiera mirarla a la cara.
En el colegio no hablaba nunca, y siempre llevaba mangas largas, para que los demás niños no vieran los moretones de los brazos y nunca supieran lo mala hija que era.
En casa no variaba demasiado la cosa. Permanecía siempre en su habitación con una única acompañante: una caja de música que, según le contó su padre, apareció junto a ella el día en que la encontraron en la puerta de su casa. No solía deambular por la casa, su madre le decía que era molesta y que prefería no verla.
Esta situación había sido así desde su llegada, y Lylian ya contaba con dieciséis años. Estaba tendida en la cama, como siempre, hecha un ovillo, ya no solo por el dolor, sino con la esperanza de que, si su madre entraba, no la encontraría. Pero siempre lo hacía, y luego la paliza se veía incrementada, según Victoria, por cobarde y por esconderse.
Se levantó como pudo. No podía levantar los brazos, pero sabía que no podía bajar a desayunar en pijama, de modo que, tras lo que a ella le pareció una eternidad, consiguió ponerse la camisa de mangas largas, la falda, las medias y los zapatos de charol. El “magnífico” uniforme escolar.
Bajó las escaleras con cuidado y sin peinar, confiaba en que su madre no se diera cuenta, ya que le era imposible levantar los brazos, y llegó a la cocina. Olía a tostadas recién hechas, Victoria se hallaba sentada delante de una taza de café y un periódico. Para su sorpresa, su padre, Mikael, estaba en casa.
- Buenos días -susurró sin alzar la voz demasiado, al igual que el rostro.
- Buenos días mi niña -respondió Mikael sin darse cuenta de la mirada de odio que le había dirigido su mujer.
Mikael era un hombre despreocupado y antaño estuvo perdidamente enamorado de su mujer... pero ese amor se había tornado desprecio y odio con el pasar de los años. No obstante, era un cobarde y lo sabía. No podía hacerle daño a Victoria en ninguno de los sentidos, pues sabía que no la tomaría con él, sino con su pequeña cuando él saliera por la puerta.
Lylian se sentó a la mesa haciendo tambalear el café en la taza de su madre.
- Ten cuidado, niña estúpida -le espetó
- Lo... lo siento, mamá... -los ojos se le empañaron en lágrimas, pero hizo un esfuerzo por no llorar. Sabía que, si la castigaban o le alzaban la voz, era por su bien.
Esta era una mañana como otra cualquiera, a diferencia de que, de no ser por su padre, hubiera recibido al menos un golpe. Pero Victoria nunca le hacía daño delante de él.
En el colegio era una niña modelo, unas notas perfectas y solo hablaba cuando se le preguntaba.
Una noche sus padres dieron una fiesta en casa, como era costumbre una vez al mes. Invitaban a amigos que se encontraban en alta escala en la sociedad, normalmente, compañeros de trabajo de su padre.
Ella no estaba invitada a esas fiestas, mamá decía que eran cosas de mayores y que su presencia resultaba incómoda.
Aquella noche, cuando la gente comenzó a llenar el salón, ella se apostó en las escaleras. Le encantaba oir la música y, esperaba verle a él.
Al cabó de unos minutos entró por la puerta, puntual como siempre. Hacía años que no le veía, ella tenía ya los dieciocho cumplidos.
El joven pasó al salón y dirigió su mirada hacia ella. ¿Cómo podía encontrarla siempre? Dejó su chaqueta colgada del perchero y, tras atender a un par de personas, ascendió las escaleras hasta llegar donde se hallaba la joven y sentarse al lado suya.
- Buenas noches, Lylian -le sonrió mientras con su mano enguantada, le acariciaba el cabello- ¿Hoy tampoco te unes a la fiesta?
- No... yo no debería estar aquí, si mamá se entera me regañará -Lylian sabía que era cierto. No obstante, después de cada fiesta a la que él acudía, pasaban semanas hasta que su madre le pusiera la mano encima. Ignoraba el porqué.
- Bueno, entonces me dejarás que te acompañe a tu cuarto, ¿no? -tenía una mirada paternal, aunque no podía ver. Alzó en brazos a la joven y la llevó hasta su habitación. Una vez allí la recostó en la cama- ¿Qué te parece si me cuentas el cuento del hada y el gitano?
- Claro -sonrió. Le encantaba ese cuento, lo sabía desde siempre, aunque nadie se lo había contado jamás. Sus únicos mundos eran la pintura y la lectura, y cuando su madre la privaba de ellos, siempre le quedaba imaginar. Sí, de eso no la podían privar.
- Es precioso -dijo él una vez hubo terminado de narrar, a la par que le acariciaba el rostro.
Christoph, ¿porque no vienes siempre? -le miró inquisitivamente.
- Mi trabajo se encuentra fuera de la ciudad, solo puedo venir cuando éste me lo permite, pequeña. -Lylian no podía entender porqué, pero, a diferencia del trato que recibía en casa, este hombre le profesaba el cariño que nunca recibía.- Ahora “duerme” Lylian... duerme y descansa.
La pequeña cayó dormida sobre sus brazos concienciado de que había sido por la orden formulada.
La recostó sobre la cama y descubrió su costillar y su espalda exalando un suspiro de pena y frustración.
Algún día, Lylian, algún día vendrá a por ti ese hombre del que tanto hablas... -la besó en la frente y, tras taparla, salió del cuarto.
El resto de la noche transcurrió sin más acontecimientos y, como siempre, el joven invidente se marchó mucho antes del alba, no sin asegurarse del bienestar de la pequeña durante cierto periodo de tiempo.
En una de las fiestas anteriores habían contado con la presencia de una hermosa mujer, de cabellos cortos oscuros y mirada penetrante. Se había interesado mucho por Lylian, sobretodo, al comprobar la mínima atención que le concedían sus padres.
Había llevado a la pequeña un par de veces a unos viejos almacenes donde le había enseñado algo de danza. Siempre que bailaba la devoraba con la mirada... hasta que un día, la mirada no le bastó.
La mujer la cogió por la cintura y la ató a un potro de salto. Puesto que el sitio estaba habilitado como una academia de baile, estaba totalmente insonorizado. Lylian no entendía porqué, pero esta extraña mujer había ganado el favor de su madre sin problemas, y, siempre que se la llevaba, estaba ya más que caída la noche.
Una vez atada le dirigió una mirada pícara y abrió un pequeño armario que siempre tenía bajo llave y que, según aseguraba, le servía para guardar uniformes y mallas para el baile: allí se enseñaba danza y ballet clásico. Se acercó a Lylian, la cual se encontraba cabizbaja y de sus ojos surgía la duda. Le levantó el rostro para besarla, primero dulcemente, y después de forma lujuriosa.
No le hizo falta quitarle la camisa, pues la hizo trizas con una especie de daga corta. Lylian, pudo vislumbrar una única marca en el arma: una G.
Dejando caer a un lado el cuchillo, acarició sus pechos desnudos, pellizcando los pezones para luego pasar a recorrerlos con su lengua. Ella se estremecía, aunque no de placer, sino de miedo. No sabía que iba a pasar y estaba acostumbrada a conocer el destino que le esperaba, pero ésto no le había pasado nunca. La mujer levantó su falda dejando ver su entrepierna y acariciándola mientras recorría su cuello con besos y mordiscos. Introdujo dos dedos en su vagina al mismo tiempo que un par de finos colmillos atravesaban la piel de la pequeña debajo de uno de sus pechos.
El rostro de la mujer se tornó de un color más saludable, mientras que Lylian se sentía debilitar por momentos.
Lamió la herida y se levantó hacia el armario, para sacar de allí un maletín negro que, por el horror que contenía, podría haber sido comparado a la caja de Pandora.
Abrió el maletín delante de ella y sacó un instrumento alargado recubierto de pequeñas y finas púas.
La mujer cogió a la niña y sin cambiar de ataduras, la colgó de unas barras que había colocadas teóricamente para hacer ejercicio. Luego se colocó bajo la entrepierna de la niña e introdujo el aparato. Lylian se retorció de dolor y comenzó a llorar silenciosamente, mientras su cuerpo se contorsionaba. Esa horrible mujer separó los labios y comenzó a beber la sangre que emanaba, dejándola derramar por su cara y sus labios. Para ella era cálida y revitalizante.
Tras esto, la pequeña quedó inconsciente y la mujer se aseguró de que no quedasen heridas visibles.
Luego la llevaba a su casa alegando que se había dormido por el cansancio.
Esta especie de ritual se había convertido en sacrosanto una vez al menos por semana.
Lylian solo deseaba perder la vida durante alguno de ellos... solo pensaba en que, el hombre que había visto en sus sueños, no aparecía, y le necesitaba.

lunes, 5 de enero de 2009

La última noche

No eran muchos los que podían apreciar la belleza que realmente desprendía. No se trataba de su cabello, sino de la forma en que
lo agitaba; no se trataba de sus ojos, sino de la forma en la que miraba; no era su sonrisa, sino su forma de sonreír.
Tenía bastantes compañeros e incluso algún amigo, pero nadie me hacía sentir como ella.
Sé que se culpará por lo que ocurrió, pero aún ahora, yo sigo cuidándola…desde aquella noche siempre ha sido así.
Siempre temí a la muerte, sin embargo, me acogió en aquel
momento de la forma más dulce que hubiera podido imaginar.
La había salvado, casi la hieren, pero lo evité. Ella me tendió sobre sus rodillas y vi su rostro una vez más. Me negaba a dejar este mundo sin
que supiera que, más que el aire que escapaba veloz de mis pulmones, la necesitaba.
Sentía un dolor agudo en el pecho, me recostó sobre la pared y utilizó mi brazo para cubrirse. Era increíble que, incluso entonces,
al borde del abismo, me sentía feliz, lloré…y sonreí.
Ahora que la tenía más cerca que nunca, tendría que alejarme de ella. Ojala pudiera abrazarla hasta que el universo se hubiera terminado,
si tan solo pudiera ser el sol para no negarle nunca el calor... Pero ahora era tarde, ya no me quedaba tiempo. Mantuve los ojos cerrados
para poder deleitarme con el tacto de su mano, que agarraba firmemente la mía.
Finalmente mi alma escapó de mi cuerpo, me sentí desvanecer y conmigo, mi último aliento, acompañado de un leve susurro que ignoro
si llegó a oír... “Te amo”.

viernes, 2 de enero de 2009

Mestizaje

Había una vez dos jóvenes Rom. Jóvenes y primavera, estación de las hadas, las flores y el amor.
Chica que quiere a chico. Chico que a un hada su corazón entregó.
De varias formas se la nombró: Rosa de los Vientos, Walpurgis, Lágrimas Marchitas y Corazón de Hielo.
Cuando miró a la joven, prendado de ella quedó, y con el paso de los días florecía cuan bella flor.
Pero la Rom observaba y, celosa, urdía un plan para acabar con dicha hada.
Y flor y gitano se amaron y en su vientre el fruto formaron.
Ella le cantaba canciones, le contaba cuentos, narraciones.
El chico traía flores: lirios. Le encantaban sus colores.
- Lylian – dijo ella una mañana – Lylian será su nombre.
Él sonrió.
Noches pasaron, días... y una tarde de otoño, la joven Rom le habló:
- En tus brazos morirá tu amor y robado será el fruto de tu vientre, la joven flor.
Y así fue. Con el caer del otoño y el frío del invierno, él enfermó.
Cuando la joven flor nació, una vida en sus brazos a la vez se marchitó.
Y ella lloró. Lágrimas vertió.
Lylian fue robada... a verla jamás volvió...y la joven Rom rió.

jueves, 1 de enero de 2009

Élanor, Flor de Hielo

Lo acontecido no relata azañas de un héroe, o una princesa, no.
Este relato habla de una niña, que probablemente no contaba con más de diez años...
Cuentan las más antiguas leyendas, que en el lugar más remoto del mundo, había una pequeña aldea sobre la cual se cernía un enorme dragón.
El pueblecito estaba siendo azotado por una enfermedad que arrasaba sin mesura todo cuanto encontraba a su paso.
Élanor era una niña como otra cualquiera...y su madre estaba enferma como muchas. La pequeña, se ocupaba de todo cuanto podía para que su
madre estuviera descansada, ya que, según lo oído, no había cura para tal desdicha.
Una tarde, en el mercado, oyó a un juglar narrar un cuento, un cuento que relataba como un valiente príncipe desafiaba a un dragón y obtenía de sus lágrimas
una pócima capaz de curar a su amor.
Élanor corrió a casa a por un cubo. Ya está, había encontrado la solución: subiría al monte, donde descansaba el dragón y conseguiría un par de lágrimas del mismo
para sanar a su madre.
Cuando llegó allí el sol había caído ya tras las montañas y su amante, la luna, deslumbraba al magnífico ser, que se encontraba descansando en ese momento.
Todo el prado, que debía ser color verdoso, estaba teñido de un azul intenso, y cubierto, a su vez, por unas flores que bien podían ser de cristal, cuya hermosura
casi dañaba la vista.
El dragón abrió un ojo de forma inquisitiva, esperando a que la pequeña hiciera algo.
- Señor dragón... ¿le importaría darme un par de sus lágrimas? - le preguntó a la par que se acercaba
- ¿Y para qué quiere eso alguien como tú? - la voz del animal resonaba en el eco de la noche
- Yo...quiero curar a mi mamá...por favor, señor dragón...
- Tienes agallas para acercarte aquí, hasta ahora ningún valiente de tu aldea... - se calló durante breves instantes - Muy bien, si lo que quieres es sanar a tu madre, pequeña, coge un par de esas flores, tritúralas y házselas comer, ya verás como mejora.
- Gracias - Élanor dirigió una sonrisa cargada de ilusión al dragón, hizo lo que él le había dicho y se marchó.
Tal y como él le predijo que ocurriría, su madre se recuperó de forma casi milagrosa
Dicen que, desde entonces, el dragón vierte dos lágrimas sobre la tierra cada noche, y que cada una de ellas se convierte en una flor de cristal, como las que la niña
antaño cogió... Y de esa forma fue como dicha planta se conoció en adelante con el nombre de Élanor.