Sentir.
Es el
verbo con el que describiría estos días: sentir.
Porque
al fin y al cabo es la máscara nuestro recurso, pero la máscara no puede ser de
papel pintado, tiene que ser de verdad. “Trabajamos desde la verdad, desde
nuestra verdad”, creo que llevaré esa frase impresa a fuego en algún lugar de
mi memoria de hoy en adelante.
Encuentra
a tu niña, está ahí, escondida en algún rincón, jugando a las canicas o a la
comba. Búscala, dale la mano y deja que te lleve a ese Nunca Jamás donde pensar
está prohibido, donde sólo se permite SENTIR.
Mi
estómago está de punta, mis nervios haciendo macramé, no puedo dejar de hacer
ese ejercicio involuntario del “llora-ríe-llora”, y me siento feliz. Me siento
feliz porque donde hay un objetivo hay un proceso y, mejor o peor, con más o
menos tropiezos, sé que llegaré a la meta de la mano de mi niña.
Aquí
estoy, con la extraña sensación de no saber dónde empiezo y dónde termino.
Aquí
estoy, asimilando el maravilloso regalo que han sido estos dos días.