
Una mañana ajetreada. Idas y venidas de una punta a otra del laboratorio, intentando evitar que la bata se me enganche en algún sitio. Comienzo a amontonar materiales mientras recuerdo para qué sirve cada uno. Luego demasiados líquidos para preparar lo que me parecen doscientas mil muestras para analizar. Un tinte violeta, otro anaranjado y por último uno que huele a alcohol o acetona.
Más tarde unas clases tediosas condimentadas con las lecciones de siempre.
Y por fin a casa, a la autoescuela... y al lugar donde nacen los sueños.
Teatro. Recinto nuevo, en la quinta puñeta, sí... pero, ¿qué más da?
La sala es minúscula, forrada de espejos y con una columna horrible en el centro de la habitación. Antoine como siempre llega tarde, pero nos lo compensa con esa sonrisa tan particular que regala esperando solo otra a cambio.
Hacemos varios ejercicios, cada uno más variopinto que el anterior, pero como siempre sorprendentes...
Uno de ellos era simplemente caminar, y cuando Antoine dijera, tendríamos que abrazar a quien tuviéramos más cerca, lo conociéramos o no. Resulta curioso pensar que un desconocido pueda abrazarte así.
Otro era muy parecido, pero en lugar de abrazarnos teníamos que confesar nuestro amor hacia esa persona. Relajante, inquietante, absurdo... y divertido.
Poco a poco nos hacemos cómplices, intercambiamos sonrisas, gestos, compartimos cada momento que pasa entre esas cuatro paredes.
Seguro que tenemos más cosas en común de las que pensamos... pero la primera de nuestras razones es la que nos ha llevado allí.
Nos despedimos en voz baja entre nosotros. Luego me despido de Antoine, le doy un abrazo, “sabes que me encantas, ¿verdad?”, se ríe cuando le pregunto eso.
Al finalizar nos vamos.
Llego a casa, es tarde. Me despido de él en el portal entre susurros y subo.
Mi padre está en el sofá y me pregunta qué tal ha ido la tarde. Mi hermana frente al ordenador casi ni se inmuta de que he llegado hasta que entro a contarle batallitas teatreras.
Minutos más tarde entra mi madre con una carta en la mano.
“¿Otra carta del ayuntamiento?”, me pregunto cuando me la tiende.
La giro y veo la letra. Es raro, no me suena... “puede ser... ¡sí!”. La abro y veo la postal.
¡Una postal desde Dios sabe donde! La aurora boreal aparece en tonos verdosos en la foto. Comienzo a leer.
No me lo puedo creer. Doy saltos de alegría. Parezco una cría, pero me da igual.
Esta noche soñaré con sonrisas en el círculo polar ártico.