
Lo pensé mil veces, un paso hacia delante y dos hacia detrás. Miré a mi alrededor y ellos estaban espectantes, aguardando. La brisa, apenas existente me acariciaba el rostro. De fondo se escuchaba el agua del río agitarse. Pero si no lo hacía, me arrepentiría, estaba segura... y eso sería peor.
Miré hacia abajo intentando de forma inútil medir la distancia, cosa que, por cierto, para poco iba a servir. Si había cinco metros desde donde estaba hasta el agua, los seguiría habiendo aunque saltase, eso no iba a cambiar.
Calma, concentración. Parecía que estaba haciendo un examen... Quien lo diría.
Pero al fin, salté, y ocurrió algo que ni siquiera me había parado a pensar.
Como si se tratase de una cámara lenta, el mundo fue pasando despacio a mi alrededor. ¿Alguien ha visto Alicia en el País de las Maravillas? Tenía la sensación de ir cayendo por ese túnel oscuro donde todo sucede a una velocidad demasiado lenta.
Daba la impresión de que el aire ahora si que podía tocarme y como si así lo hiciera, conseguía que el corazón se me subiera a la garganta. Era increible porque, antes de llegar, no me dio tiempo a pensar en nada, a pesar de que seguro que podría recorrer toda una vida de recuerdos en esos segundos que para los demás se hacen efímeros. ¡Pero sí! Durante breves instantes fui ajena al tiempo que pasaba, aunque el reloj continuaba su marcha.
Fue entonces cuando rompí la superficie del agua, pasando a formar parte de una nube de burbujas frías que me rodeaban y amortiguaban mi descenso, casi como si tuvieran vida propia.
Moví los brazos y las piernas para impulsarme hacia arriba mientras mis oídos recibían sonidos lejanos, casi ecos de lo que estaba sucediendo fuera. Saqué la cabeza del agua, donde volví a recibir en mis pulmones el aire del que me había privado durante varios instantes.
Y volví a hacerlo. Volví a querer parar el tiempo. Volví a caer.