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Al margen del mundo.Escondida entre palabras.Pequeñita, como Pulgarcita, a pesar de mi tamaño.
Salgo de la ajetreada vida de palacio. Dejo atrás esa enorme sala, llena de mil y un artilugios extraños que cuelgan de las paredes, otros que reposan sobre un escritorio de madera que se afana por estar siempre desordenado y varios que descansan sobre el suelo.
Desciendo las escaleras sin tan siquiera pararme a mirar a quienes pasan por mi lado. Me da igual. Ha sido un día largo.
Me despido de alguien haciendo un gesto con la mano. Ignoro si responde o no a mi saludo.
Cruzo el interminable puente y después todo el pueblo de una punta a la otra.
Queda ya poca gente en las calles, hoy se me ha hecho realmente tarde.
Una madre llama a gritos a su hijo, que aun no se ha cansado de jugar con un enorme balón en el que se mezclan demasiados colores. Por lo visto, la cena está lista, quizá sobre la mesa, enfriándose. Me sonrío a mí mismo pensando en cuando yo era un niño como ese y la voz que me llamaba era la de mi abuelo.
Finalmente llego a casa. Apartada del constante ronroneo del mundo, me espera, como siempre, silenciosa. Abro la puerta y enciendo unas cuantas velas. Dios... no recordaba haberlo dejado todo tan desordenado... Bueno, es decir, jeje, normalmente está muy desordenado, pero nunca tanto como hoy.
Me acerco a la chimenea y enciendo el fuego. La pequeña y antigua olla cuelga de un gancho a ras de la madera que ahora arde. ¿Qué hay dentro? Levanto la tapa y me sorprende encontrar algo de caldo, sin más condimento que alguna que otra burbuja provocada por el reciente calor de las llamas.
Estará bien... tampoco tengo mucha hambre.
Trato de organizar un poco la mesa que hay al lado de la lumbre. Retiro unos cuantos pergaminos escritos, una botella de cristal muy trabajado con un líquido que oscila entre morado y ámbar, y un colgante que reposa sobre un dibujo a medio hacer. Luego busco un cuenco o algo donde pueda echar la comida. Encuentro uno, ¡increible! Está impecable. Lanzo un soplido dentro, por si hubiera polvo, y lo llevo hasta donde se encuentra la olla para llenarlo con un par de cucharadas de ese caldibache. La marmita la retiro del fuego y el cuenco lo pongo sobre la mesa para luego sentarme y comer. Está insípido. Solo le doy un par de sorbos.
Miro a mi alrededor. Tengo la casa llena de cosas, pero vacía. Aparto a un lado el cuenco con el dorso de la mano y salgo afuera. El leve cambio de temperatura hace que un escalofrío me recorra la columna.
Cruzo el embarcadero con paso tranquilo hasta llegar al final y me apoyo sobre la valla de madera que lo cierra. El lago está precioso esta noche, casi parece que la luna baila sobre su superficie. Me asomo levemente hasta encontrarme conmigo mismo.
Siempre te espero en el mismo sitio, pero eso tú no lo sabes.
Pasan los minutos y de vez en cuando aparto la vista de mis ojos para alzarla por encima del hombro. Supongo que espero que estés ahí, pero no hay nadie y vuelvo a contemplar casi absorto el paisaje. En el fondo del lago algo brilla. No... no son las estrellas, ellas no se hunden tanto. Son monedas, unas grandes, otras algo más pequeñas, de plata y bronce.
El tiempo sigue pasando y vuelvo a levantar la vista. Suspiro largamente.
- Siempre te espero en el mismo sitio – sonrío – Pero tú eso... no puedes saberlo – dirijo mi mirada al fondo del lago y lanzo una moneda al agua – Has vuelto a ganar...
Me giro dejando atrás aquello y vuelvo a casa.
- Buenas noches – susurro a nadie en particular antes de dormir[Escrito hace tiempo, sigo con el lápiz vacío de palabras.]