
- No puedo creerlo, Kasandra... no puedo...
- ¡Pues no les creas! Mis acciones en contra de la iglesia no superan el no bendecir la mesa antes de cenar... – intentó llevar sus manos a mi rostro, pero un par de gruesos grilletes le rodeaban las muñecas y las cadenas crujieron cuando intentó alzarlas. Estaba llorando y las lágrimas ensuciaban aun más su tez morena. Tenía los labios cortados y uno de los pómulos hinchado y levemente amoratado – Sácame de aquí... tú sabes que no he hecho nada...
No la dejé terminar, me levanté y la miré a los ojos durante lo que pareció una eternidad. Luego me di la vuelta, dándole la espalda y cerré tras de mí la puerta hecha a base de los mismos barrotes que la estancia en la que se encontraba. Su voz llegaba a mis oídos rasgando el aire.
- ¡Gorke! ¡Gorke...! Por favor... ¡créeme!
Sin embargo, la dejé atrás creyendo que hacía lo correcto, con fe ciega en un hombre que decía hablar en nombre de Dios.
- Ten fe, hijo mío... - me decía una y otra vez – El diablo a menudo nos tienta con lo que más queremos para hacernos caer...
Bla. Bla. Bla.
"¿Fe...? ¿En qué?”, me pregunto ahora