El viento... él solo arrastra melodías perdidas de quien una vez compuso versos en forma de clave de sol. Toca el flautista su instrumento. Las notas se deslizan enredando los cabellos. Inventa canciones para cortejar a la música. Sonetos con rima o sin ella, pero siempre con sentido, y sobretodo, con sentimiento. Los arroja desde el balcón de su alma, esperando que lleguen a su dama.
Parecía tan lejano... pero el día había resultado estar más cerca de lo que cualquiera de nosotros podía imaginar. Sin embargo allí estabamos. Cambios de última hora, vestuario, peluquería, maquillaje... ¡texto! Habíamos ensayado por última vez y el final estaba algo... no, algo no, bastante verde. Ya no sabía donde meter los nudos que tenía en el estómago, creo que estaban compitiendo con los de la garganta, jugando a ver quien puede más. Diez minutos. “¡Vamos! ¡Deprisa, un último ensayo del texto!”, decía Antoine. ¿Cómo podía estar tan relajado? Él sabía que saldría bien, no sé cómo. Esos instantes volaron. Nos llamaban. Ya nos tocaba. Cuando llegamos tras el fondo del escenario, aun estaban terminando de darles una charla a los pobres mártires que no se enteraban de la misa la mitad. Ya se escuchaban voces al otro lado del telón. ¡Estaban ahí, para vernos a nosotros! Resultaba increible. Mis manos temblaban, mis rodillas, mi cuerpo entero parecía una batidora. Entonces fue cuando tuvo lugar uno de los momentos más inolvidables que viviré jamás. Nos cogimos todos de las manos, colocándonos en círculo cerrado y Manu anunció que cerrásemos los ojos y que respirásemos profundamente. “Hoy esos niños esperan que les hagamos pasar un buen rato. Unas risas, algo de acción... Eso está en nuestra mano, y no podemos decepcionarles. Porque hoy no vienen a vernos a nosotros, no. Lo que esperan encontrarse es a nuestros personajes, no a quienes los llevan. Si esto no sale bien, nos caemos todos y si funciona... habremos conseguido lo que queríamos. En cualquier caso, mucha mierda a todos... ¡ah! Pero no olvideis algo. Divertíos, sobretodo, disfrutad o ellos no podrán hacerlo.” Abrimos los ojos. Esos segundos, ese leve instante de paz había conseguido serenar los nervios de todos. Una sonrisa se dibujaba en nuestros rostros. Unimos las manos y las alzamos. Había llegado el momento.
El día de hoy ha marcado un antes y un después. ¿Dónde? En todo. En mi vida, en mí como persona... La lección que he aprendido nadie nunca jamás podrá hacer que la olvide. Una sensación de unidad, de cohesión, de... de tener una familia fuera de tu hogar. De que un montón de personas totalmente distintas, cada uno con sus puntos de vista, sus más y sus menos, sus defectos, sus virtudes... pueden llegar a fusionarse para hacer magia. Para hacer teatro. Es sencillamente increible pensar que no conoces a alguien de nada y te abre los brazos invitándote a que lo hagas, a que formes parte de esa gran familia. Esto puede parecer una moñada, y de hecho quizá lo sea, pero no me importa. Hace justamente un año fui, de improviso, a ver una obra de teatro al Cervantes y cuando estaba sentada en aquel palco miré a mi prima, a quien tenía delante y le juré que el año que viene yo estaría allí abajo, en el escenario. Y he cumplido. Verlo desde fuera es tan distinto, tan... simple. Supongo que se resume en que ves una representación, te lo pasas bien, echas unas risas y luego para casa. Cuando estás dentro, viviendo cada momento, lo sientes de otra forma. Los ensayos, tantos días para repetir una y otra vez el mismo texto y los mismos bailes que sabíamos que al final Antoine cambiaría. Esas carcajadas que resonaban a cientos en el Santa Rosa de Lima cuando alguien se equivocaba o algo salía bien. Las carreras entre los asientos, las prisas de última hora. Los olvidos de nuestro querido dire... Para mí no eran simplemente miércoles. Eran días de terapia, de sacar esa sonrisa que se hace imposible durante el resto de la semana. Saber que cualquier aventura te puede estar esperando cuando entres por la puerta del lugar de ensayo y que dejarás de ser quien seas para ponerte al servicio de tus compañeros y de Antoine. Saber que ellos te van a hacer viajar con un arma que todos tenemos y muy pocos usamos: la imaginación. Y entonces llega el último día. Donde los nervios te atacan y la impaciencia te consume. Llega ese momento en el cual miras a los demás, a esa pequeña familia que se ha ido haciendo más y más fuerte con los días, y sientes la complicidad, sientes que no puedes fallar si ellos están cerca y que aunque lo hagas, todos estáis juntos, no importa. Todos con ese nudo en el estómago. El telón se abre y preguntas para tus adentros “¿ya?”. La primera escena transcurre y el escenario te acoge, como si hubieras pasado la vida en él. La luz se oscurece antes de la segunda entrada y ya escuchas a la gente reir cuando está dispuesto. Nos miramos. No hace falta hablar. Está saliendo bien. Disfrutemos y hagámosles disfrutar. Ellos se lo merecen, y nosotros también. No hay nada que decir excepto... ¡magia! ¡Gracias por todas y cada una de las enseñanzas más o menos personales. Por ser como sois y por contribuir a hacer los sueños más y más grandes!