martes, 3 de noviembre de 2009

Inexcrutables... JA

La mía es una historia demasiado larga... y lo peor es que aun no ha terminado.
Había conseguido mi gran sueño, después de muchos años luchando por él. La fe en la Iglesia Angélica cegaba mis sentidos. Era un Templario Negro. Por fin era uno de ellos.
Apenas hacía un año que formaba parte de la orden. Todo me iba sorprendentemente bien.
Me había casado con la mujer más bonita del mundo. Tenía los ojos negros y el cabello del mismo color... ¡y un carácter endiablado, por cierto! Pero la quería, joder que si la quería. Llevábamos un par de meses buscando un hijo, ¡un heredero! Solo pensarlo me ponía los pelos del cogote de punta.
Las cosas no tardarían en torcerse.

Aquella mañana el cielo rugía como una bestia enjaulada. Una tormenta que había comenzado por la noche y que amenazaba con tardar en retirarse me hizo llegar a formación como una sopa.
Todos formamos, listos para salir al campo de entrenamiento.
Nuestro último encuentro con varios engendros nos había hecho sufrir muchas bajas. No tengo ni idea de cuantas veces recé aquel día. Más que en toda mi vida, seguro.
El armatura se paseó entre nosotros, observándonos con detenimiento. Yo me mantenía todo lo erguido que la espalda me permitía.
Algo quebró mi firmeza. Dos hombres tiraban de una mujer, cuyos gritos de negación se amortiguaban con el sonido de la lluvia. No podía verla con claridad, pero parecía... ¿Kasandra? No podía ser.
- ¿Ocurre algo, templario? – el armatura se dirigió a mí con su acostumbrada impasividad
- Permiso para abandonar la formación, señor – no le miraba a la cara, intentaba averiguar si se trataba de mi mujer
- Adelante – dijo tras echar un vistazo a lo que captaba mi atención

Dios... Era ella.
- ¿Qué diablos ocurre? – traté de acercarme y uno de los guardias me lo impidió. Mala suerte para él. Perdió un par de muelas con el puñetazo que le di en la mandíbula
- ¡Gorke! – una voz a mis espaldas. Me giré para encontrarme al sacerdote
- ¿Qué ocurre, Padre? – mientras hablaba con él el guardia intentaba llevársela. Ya he dicho que era bruta. Ese pobre muchacho también se llevó un buen mamporro, aunque por parte de ella.
- Tu mujer ha sido acusada de brujería, la llevan dentro para hacerle unas... preguntas
- ¿QUÉ? Es imposible, ¿se han vuelto todos locos? – no podía creerlo

2 comentarios:

  1. Después de todo, no nos diferenciamos mucho, los dos hemos luchado por la Iglesia y ella nos castiga llevándose a nuestros seres queridos con las excusas más estúpidas que pueda concebir el ser humano.

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  2. El estúpido juicio del poder inquisitorial. No cambiará nunca. Ni en el oscuro pasado, ni tampoco en ese tenebroso futuro.

    Solo queda el recuerdo

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Shhh... dilo bajito, que hasta el viento escucha...