jueves, 7 de enero de 2016

Aquellos ángeles guardianes VII: La desolación de Tazio

Iba camino a las celdas, a buscarle de nuevo, cuando alguien se cruzó en mi camino. Estaba casi al final del pasillo, saliendo de la sala de quirófano. De pronto la gabardina que había llevado toda la noche parecía pesarle más que la vida misma. Su cabeza estaba totalmente gacha, la mirada perdida y su porte tambaleante. Me costó reconocer en él al hombre que había venido conmigo en el coche, Tazio Caggio, el caballero que llevaba la compostura como segunda piel, se había desecho de ella. Avanzó con algo entre las manos temblorosas hasta entrar en una de las celdas de los internos, y sin poner freno a sus piernas se dejó caer de rodillas delante de la ventana. Sus dedos pasaban las cuentas de un rosario negro mientras sus labios dejaban escapar susurros de algún rezo a alguien que posiblemente había dejado de escucharle.
Me quedé de pie a su lado unos instantes, sin saber qué decir.

- Era mi padre – dijo con voz queda – Jack… Jack era mi padre

- Jack… - no podía hablar en serio - ¿Jack el… destripador?

Asintió y apretó con fuerza el rosario. Puse una mano en su hombro, y como si eso le desinflase suspiró despacio.

- Me ha dicho que estaba orgulloso de mí – y repentinamente retiró su brazo, como si todo él emanase suciedad y no quisiera tocar nada – Le he apuñalado – apretó las manos de nuevo, manchadas de una sangre que ninguno, ni siquiera él, podíamos ver

Sabía que no había nada que pudiera decirle, de modo que no lo intenté. Pero también sabía que no podía dejarle sólo, que muchas veces necesitamos una sombra haciéndonos silenciosa compañía, y nada más. Me quedé allí mientras los minutos pasaban sin que los tuviéramos en cuenta.
De pronto, como si no pudiera permitirse la flaqueza que le apuñalaba el vientre, cogió aire y se levantó despacio, con la vista puesta en un horizonte que había perdido.
Luego me miró de reojo, devolvió la mirada al frente y simplemente asintió.

No sabía de dónde pensaba sacar las fuerzas, pero lo haría, había un destello de resolución en él que juraba que lo haría aunque por dentro estuviera roto.

miércoles, 6 de enero de 2016

Aquellos ángeles guardianes VI: Yo la vi morir

Todo era confusión. Cuando abrí los ojos la primera imagen que mi cerebro decidió mandarme fue la de aquella pobre chica, Gwendoline. Aquel hombre vestido con la grotesca mueca de un cerdo nos había desafiado a entregarle a alguien, y ella lo había hecho delante de todos nosotros. Y él… él le había cortado el cuello.

Miré a todas partes y me levanté despacio, pero mi cuerpo recibió como un jarro de agua fría lo que tenía delante de mí. Allí estaba ella, Gwendoline. Viva.
No podía ser. Y sin embargo… sin embargo era real.

Había pasado tantas y tantas horas evitando salir cuando la gente gritaba enloquecida, huyendo de aquellos fantasmas con los que se estaban encontrando y de los que yo intentaba convencerme de que eran producto de medicación, drogas quizás…

Había pasado tantas y tantas horas negándome que lo que estaba ocurriendo era real, buscándole a todo una explicación lógica para no caer en la sinrazón y la locura…


- ¿Por qué no sales? – me había preguntado Caesar poco antes durante una de esas explosiones de locura

- Estoy cansada de escuchar gritos y…

- No sales porque temes que sea él. Temes encontrarte con su fantasma

Aquella respuesta me había dejado helada, pero tenía razón. Temía no poder buscar más excusas a que todo lo que ocurría era real. Los fantasmas, el pasado llamando a la puerta, el corazón en aquella caja…


Pero ella había muerto delante de mí. La imagen de aquel ser cortando su cuello, de la sangre saliendo furiosa de su garganta, no desaparecía de mi cabeza. Y sin embargo allí estaba, en pie, y nadie parecía sorprenderse.
¿Sería cierto todo lo demás? No quería abrir los ojos y la realidad me golpeaba sin piedad en la cara. Ya no había excusas, no había métodos de evasión. Sólo la verdad gritándome en los oídos. 
Y era insoportable.

Aquellos ángeles guardianes V: En su busca

Apenas estábamos terminando de cenar cuando mi cuerpo decidió que no podía tomar un bocado más. En realidad cada cucharada había sido por inercia, sin prestar siquiera atención a qué había en el plato.

Todo el mundo estaba reunido en el salón, al calor de la chimenea que se esforzaba por caldear la sala, por momentos sin demasiado éxito.

Me levanté y me decidí a salir. Otra vez. Había perdido la cuenta de las veces que había recorrido los exteriores del asilo en su busca. Le había llamado por su nombre, había repetido hasta la saciedad que estaba preocupada por él, que todo estaba bien, pero que tenía que regresar. Había paseado tranquilamente para dejarme ver, y a la carrera. Me dolían los pies y hacía frío. Mucho frío. No podía dejar de pensar en lo perdido que podía sentirse, en que si seguía fuera su salud empeoraría considerablemente en cualquiera de los sentidos. Y no veía el momento de tenerle entre mis brazos.

“¿Dónde estás, mi amor?”

martes, 5 de enero de 2016

Aquellos ángeles guardianes IV: Soy Caesar Guichard

La luz de la chimenea apenas nos dejaba atisbar el rostro del otro, pero yo podía ver en él algo que ya no luchaba por mantenerse escondido. Habíamos hablado con anterioridad, y en aquella ocasión me había dado a entender que la sangre que manchaba su camisón de interno pertenecía a mi esposo. Creía saber lo que aquello significaba, pero en su franqueza hallé el muro que me impedía odiarle.
Parecía atrapado, tan atrapado como la mayoría de los que estábamos allí.

Hacía tan solo unas horas le había visto apretar con toda la fuerza de la que su mano derecha era capaz el brazo de Patrice Dupont. Había algo en esa fuerza que me fascinó, un susurro gritado a los cuatro vientos. No podía ser lo que pensaba… y sin embargo, como si yo no estuviera delante, el señor Dupont le besó en los labios. Tierno, dulce, inesperado, decidido, como si ninguna otra cosa le importase. Tardé unos segundos en reaccionar, y me encontré con una única pregunta: “¿quién soy yo para juzgarles?”. No podía menos que admirar su valentía.

Sus ojos aparecían y desaparecían en la oscuridad, pero su emoción ya no se escondía.

“¡Sodomita!”, escuchamos ambos repentinamente, y sabíamos a quién le estaban gritando. Alzó la mirada, como si ésta pudiera darle alas y permitirle correr, ir detrás del corazón que había saltado de su pecho.

- No puedo evitar ser quien soy, soy Caesar Guichard, Madame Baudelaire… y hago lo que tengo que hacer

Había dicho eso delante de la lumbre, y apenas habían pasado unos minutos cuando le encontré en el suelo, hecho un ovillo y llorando. Su mundo se derrumbaba. Era posible que hubiera hecho cosas terribles, pero el dolor que sentía en ese momento hacía vibrar la habitación. Me arrodillé a su lado y le apreté el brazo. Le dije que el mundo les juzgaría, pero que estaban vivos, vivos para sostenerse el uno en el otro. Le dije que nada se había perdido, pero había mucho que ganar. Le dije que tuviera fuerza, por los dos. Y le tendí la mano.
Tras unos segundos de duda la cogió y levantó la vista, casi destruido en su fortaleza.

Y aquella frase se repitió en mi cabeza como un eco que lanzaba a gritos por los ojos:

“Soy Caesar Guichard, y hago lo que tengo que hacer”.

Y una parte de mí, la parte que nada podía reprocharle, deseó que tuviera suerte.

Aquellos ángeles guardianes III: El corazón

Tenía la caja entre mis manos. Algo dentro de mí me decía que era importante, así que me medio aparté con ella. Sin tan siquiera mirar en su interior introduje los dedos. Su contenido era blando, emitía un calor desagradable que no lograba adjudicar a nada.
Decidí abrir la caja y el brillo de una alianza dorada, gemela a la que yo misma llevaba, atravesó mi propio corazón mientras sostenía entre las manos el de alguien.

“Mi corazón es tuyo, y el tuyo, sólo a mí me pertenece…”

Todo pasó muy rápido. Dejé caer la caja con su brutal contenido con mi propia voz gritando en mi cabeza esa frase que tantas veces le había dicho.

“No puede ser. No puede ser. No puede ser. No puede ser.”

Alguien se acercó, ignoro quién. Hice acopio de todas las fuerzas que podía para agacharme y recoger su alianza. No sé dónde me llevaron los pies, pero avancé muy deprisa y cuando me vine a dar cuenta tenía su anillo puesto en el índice de mi mano izquierda.

“Serénate, Nicole, no puede ser de él. Es imposible, es… imposible, ¿verdad?”

lunes, 4 de enero de 2016

Aquellos ángeles guardianes II: Volver a verte

“Ya han salido de terapia”. Fue todo lo que escuché, y salí corriendo en su busca. La espera se me estaba haciendo eterna. Le vi sentado en el banco de fuera, rodeado de gente. Aceleré el paso, tratando de que no se convirtiera en una carrera por mucho que mi pulso ya la hubiera comenzado.

Me paré delante suya y le miré a los ojos. Una parte de él no parecía estar allí.

- Pierre… - tragué saliva al ver que nada en él me respondía – Pierre, estoy aquí… - me encontré con la terrible sensación de no saber cómo tratar a mi marido, y cogí todo el aire que era capaz de almacenar - ¿Puedo sentarme a tu lado? – tardó unos segundos en asentir, y me senté - ¿Cómo… cómo estás? – no hubo respuesta – Pierre, soy yo, Nicole… ¿quieres…? ¿quieres caminar conmigo?

Fue entonces cuando asintió dos veces y, de forma absolutamente imprevista, me cogió de la mano entrelazando sus dedos con los míos. Mi corazón dio un vuelco.

“Sigue aquí, Nicole, él sigue aquí…”

Comenzamos a pasear por el jardín. Nada crecía allí, como si el lugar fuera en consonancia con su uso.
No podía soltar su mano, no quería y él no me lo permitía. Paramos en algún momento. Seguía sin mirarme y sin responder a si se encontraba bien, cosa que no dejaba de preocuparme.

- Te echaba de menos – dijo de pronto, casi balbuceando. Sonreí y apoyé mi frente en su mejilla. Necesitaba tenerlo cerca y cuando lo hice noté cómo por primera vez su sonrisa se ampliaba y sus dedos apretaron los míos

Habló poco, pero estaba asustado. Recordaba lo que había vivido durante la Gran Guerra, las cosas terribles que había tenido que hacer.

- Soy un monstruo – dijo, y por primera vez me miró a los ojos, lleno de dolor

- Pierre… - tragué saliva – ¿Sabes lo que es un monstruo? Un monstruo es quien hace el mal sólo por el disfrute de hacerlo, es quien se esconde y espera para destruir la felicidad de los demás, un monstruo es egoísta, y cruel… y tú – deshice el nudo de nuestros dedos para coger su cara entre mis manos – Tú eres Pierre Baudelaire, y Pierre Baudelaire no podría jamás ser un monstruo

Esbozó una sonrisa tímida, casi infantil, y sacó algo de su bolsillo.

- Lo he escrito yo – desdobló un papel y vi unas pocas líneas escritas posiblemente con el lápiz que sacó del bolsillo. Rodeó torpemente el encabezamiento “Para Nicole”

- ¿Nicole eh? Debe ser muy afortunada – se rio, como quien comprende un chiste - ¿Puedo leerlo? – volvió a asentir y a coger mi mano. No pude evitar la sonrisa en mis labios al leer sus palabras. Decía que yo era su luz, que quería ir conmigo y que me echaba de menos. Mientras leía, rodeó con el lápiz otra frase, que se repetía tres veces y simplemente decía “Me llamo Pierre Baudelaire”

- Él también es afortunado – dijo, y dejó descansar su mejilla contra la mía

Seguimos caminando. Con pocas palabras me contó que quería irse, que estaba cansado. Apenas habían pasado unos minutos cuando una enfermera se acercó a nosotros y dijo que tenía terapia de nuevo, que tenía que llevárselo. Le acompañé hasta la puerta y tomé algo de distancia con la enfermera, dejándole parado a mi lado.

- Cuando salgas de terapia estaré aquí, esperándote. No voy a irme a ningún sitio, no sin ti. Vamos a volver a casa, Pierre – me miraba fijamente y apretaba mi mano, diría que casi efusivamente, a medida que me escuchaba – Te quiero


Hinchó el pecho, su mano pasó de estar entre las mías a ser guiada por la de la enfermera.
Luego desapareció tras aquella puerta.

domingo, 3 de enero de 2016

Aquellos ángeles guardianes I: La llegada

Bajé del coche inquieta y dirigí la vista a la puerta del recinto.
“Otra vez aquí”, pensé. Y no sabía si me atrevía realmente a entrar. Mis pies querían salir corriendo, buscarle y abrazarle, pero un pellizco dentro de mí me preguntaba si podría evitar romperme con aquella mirada perdida con que le dejé la última vez. Y no hallé respuesta.
Al entrar miré a mi alrededor y pude comprobar que nada había cambiado. Aquellas pobres almas en pena deambulaban por los pasillos y exteriores del asilo bajo la atención sus cuidadores. Todo era paz, pero una paz inquieta, una paz que realmente no existía. El silencio era la alternativa que les quedaba, y no podía sino respetarlo.
Un hombre de cabello cano paseaba al lado de una monja. Iba con el atuendo propio de los internos y una cruz colgada al cuello. La mujer hablaba con él, que parecía responderle con pocas palabras, sin devolverle en ningún momento la mirada. “¿Seguirían, después de todo, buscando la luz de Dios?”

A lo lejos estaba el señor Candau, hablando con una paciente bastante particular e inquieta. Él, como siempre, parecía mantener la compostura, y sin embargo se adivinaba en sus ojos una tristeza infinita mientras la escuchaba.
Aparté la vista para evitar robarles aquella extraña intimidad, y me topé de bruces con aquel muchacho. Estaba sentado en una silla de ruedas, con los ojos puestos en ninguna parte. Era como si de alguna manera toda su vida estuviera encadenada en su interior, sin posibilidad de escapar. Una mujer elegante le abrazaba con el amor que sólo una madre es capaz de dar. Tras ellos, un caballero que permanecía en silencio, vestido con una gabardina larga que llevaba sobre su propia percha, algo desgarbada, y justo a su lado un hombre que me resultaba demasiado familiar y que observaba el abrazo no correspondido de la mujer al muchacho.
“¿Marcus? ¿Marcus Guichard?”, pregunté. Mi marido me había hablado en sus cartas de cada uno de sus compañeros en batalla, y Marcus era uno de ellos. El muchacho de la silla de ruedas resultaba ser su hermano Caesar, la mujer su madre y el hombre extraño el chófer de su familia.

- ¿Qué está haciendo aquí? – me preguntó extrañado
- Vengo a ver a Pierre – simplemente asentí con la cabeza - ¿Y usted? ¿Es por su hermano?
- No solo él, nuestro Mayor, Jean Martin, está aquí también… tuve que ingresarle yo mismo hace unos años. Lucien Dubois también está, al igual que su marido
- Y Arsène
- No… Arsène lamentablemente murió, cayó en combate – bajó la cabeza y negó
- No, señor Guichard, Arsène, Arsène Bourgeois, está aquí. Pierre me escribe a menudo y… me lo dijo, me dijo que sorprendentemente no murió en aquella explosión, que está vivo
- Está… vivo – su semblante cambió por completo, la alegría inundó su rostro y se disculpó cortésmente – Discúlpeme señora Baudelaire

Se retiró con paso rápido. Sonreí y suspiré.

“Quizás, después de todo, en este lugar también se puedan tener buenas noticias.”