Etiène estaba tirado en las escaleras. Tazio y Jean le preguntaban repetidamente por el ritual mientras presionaban la herida que Caesar le acababa de infligir. Un sinfín de imágenes desfilaban por mi cabeza mientras sus alaridos invadían la estancia.
Hacía unas horas me había dicho, asustado, que Pierre había sido quien le había atacado. Tuve razón en no creerle en aquel momento pero… eso era demasiado.
Di un paso al frente con intención de intervenir, de hacerles parar, y otro recuerdo me sobrevino. Contemplé de nuevo con total claridad cómo los ojos de Etiène se clavaban en los míos, como abandonaba aquel semblante en apariencia indefenso y asustadizo y una sonrisa se asomaba sin pudor a sus labios para luego relamerse mirándome de arriba abajo.
Fue entonces cuando el paso que iba a dar se quedó en poco más que una intención.
Ese hombre no era lo que parecía. Era peligroso. Todos lo sabíamos, pero nadie podía probarlo.
Se lo llevaron escaleras arriba, para la zona de las celdas y entonces escuché a Tazio. Sus palabras eran claras: “Fue él quien hizo el ritual”.
Me encontré subiendo a toda prisa, con la voz de Jean Martin intentando detenerme. No estaba dispuesta a parar. Tenía que saberlo, tenía que decírmelo.
Entré en quirófano, donde le estaban atendiendo. La herida que tenía no le daría mucho más cuartel. Me paré a su lado y clavé los ojos en él con la misma intensidad que si pudiera atravesarle con ellos.
- ¿Fuiste tú? – me miró con una expresión lastimosa y tendió la mano hacia mí. La esquivé como si fuera la mismísima garra del demonio. Él no respondía - ¡¿Fuiste tú?!
- Lo siento – dijo entre quejas y llantos que ya no podía creer
- ¿Le… mataste?
Lloriqueaba mientras asentía con la cabeza como respuesta a mi pregunta.
Las manos me temblaban y todo mi cuerpo las seguía. Algo terrible y oscuro comenzó a crecer dentro de mí, un ansia que nunca había sentido y que, como la marea, fue adueñándose de todo. En ese momento supe que podría matarle. No podía pensar, toda esa rabia e impotencia me enceguecían. Apreté los puños tratando de contenerlas y una enfermera me puso las manos sobre los hombros.
- Debería salir, madame Baudelaire, esto no le hace ningún bien
Abandoné la sala sin mirar atrás. La marea decrecía con lentitud y la razón volvía a ganar terreno muy poco a poco. Si alguien podía revertir el ritual, era Etiène.
“¿Habría llegado a… matarle?”Apenas unos minutos más tarde le encontré en el suelo, tirado, sin que nadie acudiera en su auxilio. Me acerqué y llamé a una enfermera a voces. No quería tocarle, no quería ni siquiera respirar el mismo aire que él respiraba, pero apreté la mandíbula, cogí fuerzas y le di la vuelta. No tenía ni idea de cómo tomar el pulso, no sabía cómo comprobar si estaba vivo, pero sabía que no lo estaba.
Permanecí unos instantes en silencio y suspiré.
- Sé que tu muerte no arregla nada… - la voz casi me temblaba – Pero te la mereces