lunes, 4 de enero de 2016

Aquellos ángeles guardianes II: Volver a verte

“Ya han salido de terapia”. Fue todo lo que escuché, y salí corriendo en su busca. La espera se me estaba haciendo eterna. Le vi sentado en el banco de fuera, rodeado de gente. Aceleré el paso, tratando de que no se convirtiera en una carrera por mucho que mi pulso ya la hubiera comenzado.

Me paré delante suya y le miré a los ojos. Una parte de él no parecía estar allí.

- Pierre… - tragué saliva al ver que nada en él me respondía – Pierre, estoy aquí… - me encontré con la terrible sensación de no saber cómo tratar a mi marido, y cogí todo el aire que era capaz de almacenar - ¿Puedo sentarme a tu lado? – tardó unos segundos en asentir, y me senté - ¿Cómo… cómo estás? – no hubo respuesta – Pierre, soy yo, Nicole… ¿quieres…? ¿quieres caminar conmigo?

Fue entonces cuando asintió dos veces y, de forma absolutamente imprevista, me cogió de la mano entrelazando sus dedos con los míos. Mi corazón dio un vuelco.

“Sigue aquí, Nicole, él sigue aquí…”

Comenzamos a pasear por el jardín. Nada crecía allí, como si el lugar fuera en consonancia con su uso.
No podía soltar su mano, no quería y él no me lo permitía. Paramos en algún momento. Seguía sin mirarme y sin responder a si se encontraba bien, cosa que no dejaba de preocuparme.

- Te echaba de menos – dijo de pronto, casi balbuceando. Sonreí y apoyé mi frente en su mejilla. Necesitaba tenerlo cerca y cuando lo hice noté cómo por primera vez su sonrisa se ampliaba y sus dedos apretaron los míos

Habló poco, pero estaba asustado. Recordaba lo que había vivido durante la Gran Guerra, las cosas terribles que había tenido que hacer.

- Soy un monstruo – dijo, y por primera vez me miró a los ojos, lleno de dolor

- Pierre… - tragué saliva – ¿Sabes lo que es un monstruo? Un monstruo es quien hace el mal sólo por el disfrute de hacerlo, es quien se esconde y espera para destruir la felicidad de los demás, un monstruo es egoísta, y cruel… y tú – deshice el nudo de nuestros dedos para coger su cara entre mis manos – Tú eres Pierre Baudelaire, y Pierre Baudelaire no podría jamás ser un monstruo

Esbozó una sonrisa tímida, casi infantil, y sacó algo de su bolsillo.

- Lo he escrito yo – desdobló un papel y vi unas pocas líneas escritas posiblemente con el lápiz que sacó del bolsillo. Rodeó torpemente el encabezamiento “Para Nicole”

- ¿Nicole eh? Debe ser muy afortunada – se rio, como quien comprende un chiste - ¿Puedo leerlo? – volvió a asentir y a coger mi mano. No pude evitar la sonrisa en mis labios al leer sus palabras. Decía que yo era su luz, que quería ir conmigo y que me echaba de menos. Mientras leía, rodeó con el lápiz otra frase, que se repetía tres veces y simplemente decía “Me llamo Pierre Baudelaire”

- Él también es afortunado – dijo, y dejó descansar su mejilla contra la mía

Seguimos caminando. Con pocas palabras me contó que quería irse, que estaba cansado. Apenas habían pasado unos minutos cuando una enfermera se acercó a nosotros y dijo que tenía terapia de nuevo, que tenía que llevárselo. Le acompañé hasta la puerta y tomé algo de distancia con la enfermera, dejándole parado a mi lado.

- Cuando salgas de terapia estaré aquí, esperándote. No voy a irme a ningún sitio, no sin ti. Vamos a volver a casa, Pierre – me miraba fijamente y apretaba mi mano, diría que casi efusivamente, a medida que me escuchaba – Te quiero


Hinchó el pecho, su mano pasó de estar entre las mías a ser guiada por la de la enfermera.
Luego desapareció tras aquella puerta.

domingo, 3 de enero de 2016

Aquellos ángeles guardianes I: La llegada

Bajé del coche inquieta y dirigí la vista a la puerta del recinto.
“Otra vez aquí”, pensé. Y no sabía si me atrevía realmente a entrar. Mis pies querían salir corriendo, buscarle y abrazarle, pero un pellizco dentro de mí me preguntaba si podría evitar romperme con aquella mirada perdida con que le dejé la última vez. Y no hallé respuesta.
Al entrar miré a mi alrededor y pude comprobar que nada había cambiado. Aquellas pobres almas en pena deambulaban por los pasillos y exteriores del asilo bajo la atención sus cuidadores. Todo era paz, pero una paz inquieta, una paz que realmente no existía. El silencio era la alternativa que les quedaba, y no podía sino respetarlo.
Un hombre de cabello cano paseaba al lado de una monja. Iba con el atuendo propio de los internos y una cruz colgada al cuello. La mujer hablaba con él, que parecía responderle con pocas palabras, sin devolverle en ningún momento la mirada. “¿Seguirían, después de todo, buscando la luz de Dios?”

A lo lejos estaba el señor Candau, hablando con una paciente bastante particular e inquieta. Él, como siempre, parecía mantener la compostura, y sin embargo se adivinaba en sus ojos una tristeza infinita mientras la escuchaba.
Aparté la vista para evitar robarles aquella extraña intimidad, y me topé de bruces con aquel muchacho. Estaba sentado en una silla de ruedas, con los ojos puestos en ninguna parte. Era como si de alguna manera toda su vida estuviera encadenada en su interior, sin posibilidad de escapar. Una mujer elegante le abrazaba con el amor que sólo una madre es capaz de dar. Tras ellos, un caballero que permanecía en silencio, vestido con una gabardina larga que llevaba sobre su propia percha, algo desgarbada, y justo a su lado un hombre que me resultaba demasiado familiar y que observaba el abrazo no correspondido de la mujer al muchacho.
“¿Marcus? ¿Marcus Guichard?”, pregunté. Mi marido me había hablado en sus cartas de cada uno de sus compañeros en batalla, y Marcus era uno de ellos. El muchacho de la silla de ruedas resultaba ser su hermano Caesar, la mujer su madre y el hombre extraño el chófer de su familia.

- ¿Qué está haciendo aquí? – me preguntó extrañado
- Vengo a ver a Pierre – simplemente asentí con la cabeza - ¿Y usted? ¿Es por su hermano?
- No solo él, nuestro Mayor, Jean Martin, está aquí también… tuve que ingresarle yo mismo hace unos años. Lucien Dubois también está, al igual que su marido
- Y Arsène
- No… Arsène lamentablemente murió, cayó en combate – bajó la cabeza y negó
- No, señor Guichard, Arsène, Arsène Bourgeois, está aquí. Pierre me escribe a menudo y… me lo dijo, me dijo que sorprendentemente no murió en aquella explosión, que está vivo
- Está… vivo – su semblante cambió por completo, la alegría inundó su rostro y se disculpó cortésmente – Discúlpeme señora Baudelaire

Se retiró con paso rápido. Sonreí y suspiré.

“Quizás, después de todo, en este lugar también se puedan tener buenas noticias.”

viernes, 6 de noviembre de 2015

Sa'roto

Se me han perdido las musas. Las letras han desertado. Las historias, si alguna vez funcionaron, han dejado de hacerlo.
A mi pequeña caja apenas le quedan luciérnagas, todas están apagándose con el tiempo y no sé qué mecanismo es el que les da cuerda.
Quizás desde un principio ya estuvieron destinadas a morir. ¿Es posible que nacieran solo con ese destino? Creía que eran como pequeños fénix, que se apagan para volver a resurgir, con más fuerza que antes.
Pensaba que la imaginación se toma vacaciones de vez en cuando, pero ahora no tengo claro si se ha quedado a la deriva en algún puerto, si ha encontrado a alguien mejor que yo o si directamente ese viaje la ha cambiado y no la reconozco a su vuelta.
Es extraño, tengo cientos y cientos de piezas, de ideas para encajarlas, para darles forma. Millones y millones de colores para dotarlas de vida y un sinfín de motivos por los que merece la pena hacerlo… pero sencillamente nada parece encajar. Es como si tanto engranaje estuviera defectuoso, los colores destiñeran y los motivos no fueran motor suficiente.

Puede que nunca me haya funcionado a las mil maravillas, pero al menos no estaba rota.

viernes, 30 de mayo de 2014




Tres palabras: Tocado y hundido

jueves, 28 de noviembre de 2013

Tengo un máster en hacer el imbécil.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Silencio

No sé cuándo se rompió el calendario, cuándo dejamos de hacer un círculo rojo a los días del reírse, cuándo comencé a tachar fechas en lugar de señalarlas.
Quizás el roce desgastó el cariño, o tenía una fecha de caducidad que en la vida imaginé. Lo único que tengo claro es que este café ya ni siquiera es descafeinado, que se me empañan los ojos de fotos que no tenemos y al hacer doble “click” mi carpeta está vacía.

¿Qué quieres que te diga? Puede que de alguna forma el medicamento haya prescrito o que hayamos generado tolerancia al abrazo sin previo aviso, pero yo necesito mis dosis.

¿Qué quieres que te diga? Que rebusco en los bolsillos las sonrisas que me pongo de parche en los rotos, que el colchón se desinfló y me caí de boca sin darme cuenta, que un buen día la broma dejó de ser de oca en oca y se convirtió en ruleta rusa, que donde antes había favores ahora hay contratos con letra pequeña.

Y tanta palabra solo para decir que te echo de menos, que nos echo de menos… y que odio, aborrezco, este silencio.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Meta

Nunca trabajarás nada tanto como lo que de verdad te gusta.
Echarás el corazón por la boca, te costará respirar, te pondrás en pie una y otra vez.
Reirás, por tonterías, por pura desesperación, por momentos absurdos. Te dolerá la mandíbula de reír.
Llorarás, llorarás mucho y a menudo, a veces porque te frustres, y otras porque avances.
Y al final, cuando llegues (porque si lo intentas, llegarás), sentir que quienes te importan están orgullosos de ti.


Guau.