martes, 20 de octubre de 2009

Jamié Buckland


Todas las mañanas, cuando el sol despierta, Jamié también lo hace. Apenas parecen abiertas las calles, las sombras aun son dueñas de sus rincones y el silencio se calla ocasionalmente cuando un grillo canta.
Jamié Buckland se pone manos a la obra. Sale de su hogar sin prisas y se dirige a los jardines de palacio. La niebla baja que cubre Ushâr durante las noches frías comienza a despejarse, casi creando caminos para permitir al joven su paso.
Nunca va excesivamente arreglado. Su indumentaria consta de unos pantalones verdosos y una larga chaqueta marrón que cubre una camisa blanca, unas botas oscuras y unos guantes. Lo más curioso de él, sin embargo, es su maletín, grande, cuadrado y de diversos colores, como si alguien hubiera salpicado un pincel sobre él repetidas veces.
No puede evitar mirar todo cuanto hay a su alrededor. Adora las calles llenas de gente paseando, niños jugando y parejas susurrándose secretos al oído. No obstante, Ushâr duerme cada mañana cuando él comienza a caminar y la visión apagada de la tierra que tanto ama se vuelve mucho más inquietante, hace que sus tripas se revuelvan y que sus ojos se posen en cada detalle.
Y como cada día, antes de llegar a su destino, se vuelca en su afición, que no es sino hacer dibujos en las ventanas, utilizando el vaho como pintura y los dedos como pinceles. Después, contento del trabajo realizado sobre los cristales, prosigue su pequeño viaje hasta llegar a palacio.
Cruza el puente levadizo que siempre se encuentra bajado y que, de no ser por sus enormes cadenas, parecería flotar sobre el inmenso lago que descansaba bajo su dominio.
Un chico y una chica que van cogidos de la mano, se sueltan inmediatamente, avergonzados, cuando se cruzan con él. Jamié esboza una sonrisa a modo de saludo al reconocerlos como criados que, al igual que él, trabajan para Sus Majestades.
Algún que otro criado más se le suma al paso, más o menos deprisa y más o menos cargado de cualquier cosa, bien una cesta de mimbre apoyada en la cadera, o tirando de las riendas de algún caballo.
Finalmente llega al fantástico arco de piedra gris que enmarca una imagen que bien podría ser un maravilloso lienzo, dibujado por el mejor de los artistas.
Desde la entrada solo se alcanza a ver una ínfima parte de los jardines que rodean el castillo. Se acerca a la primera de las flores que encuentra, la observa de cerca y le susurra algo, tras lo cual sonríe.
Se quita la chaqueta y la aparta a un lado, lo mismo hace con los guantes. Luego abre el maletín, que no guarda sino una variopinta recopilación de colores dispuestos a ser usados.
Mueve los dedos repetidas veces, como si estuviera efectuando un calentamiento previo a su labor, y coge el pincel, cuya punta revisa y acaricia con las puntas de índice y pulgar antes de ahogarla en la superficie de un verde intenso.
Así comienza su tarea. Pinta sobre los pétalos y tallos de cada hoja y cada flor, dándoles color, dándoles vida y obligándolas a desperezarse ante el inicio de un nuevo día, lleno de tantas posibilidades como cabe imaginar. Les cuenta secretos que escucha, que considera divertido y que se quedarán a salvo con sus pequeñas y grandes confidentes y a medida que el día transcurre, el sol roba poco a poco el color que Jamié ha depositado sobre sus maravillas. De tal manera que al caer la noche de nuevo, todas se encuentran bien tapadas y dispuestas para dormir y soñar con el azaroso color que las vestirá al día siguiente.

2 comentarios:

  1. ohhh cada dia me gusta mas leerte pekeña^^
    Es como si me hubiese sonrido a mi tbm, incluso he podido tocar los pinceles...me encanta!

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  2. El joven jardinero, que acaricia y acuna a las frágiles flores con sus pinceles.

    Todo parece posible en Metáfora

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Shhh... dilo bajito, que hasta el viento escucha...