lunes, 30 de noviembre de 2009

Aun no

Ellos estaban... no... maldita sea. Ellos NO estaban.
El mundo me pesaba sobre los hombros. Probablemente mi alma se había estrellado en algún abismo, o se había extraviado vagando entre recuerdos.
Me dolían las piernas, no podía flexionar las rodillas. Tenía todos los músculos del cuerpo entumecidos. No podía llorar... no me quedaban lágrimas. Había pasado días tendido sobre la tierra mojada, moviéndome solo al debatirme en pesadillas. Aun no podía creerlo. Se habían ido, y con ellos mi ánimo, mi alegría, mi calma, mis sueños, mi vida...
¿Ya está?
No... Levanté la vista y los vi ante mí, a los tres.
Aun no.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Debe ser


Sí... será eso. Debe ser que grito en otro idioma.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Sonreídme


Sonreídme... por favor.
Simplemente sonreídme.
Miradme.
Solo un segundo.
Os prometo que estaré esperando.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Momentos ajenos

Abrió los ojos despacio, recordando con quien estaba y pretendiendo ser sutil incluso con ese nimio movimiento para no despertar a su compañera.
Las cortinas estaban abiertas. Bueno... cortinas, por llamarlas de alguna forma.
La luz de la luna las hacía mágicas, confiriéndole a sus cuerpos un tenue color azulado.
Se incorporó despacio, sin dejar de mirarla a la cara para asegurarse de que seguía durmiendo. Finalmente, posó los pies descalzos en el suelo de madera. Cubrió su desnudez con un fino camisón y se echó sobre los hombros la capa de su compañera. Después, se calzó las pequeñas botas y salió de la habitación con cuidado.
Era una noche fría para salir, pero no conseguía conciliar el sueño, así que descendió casi de puntillas las escaleras de la posada, haciendo a los escalones crujir bajo sus pies.
Cuando bajó el último peldaño advirtió la presencia de alguien que estaba sentado casi al fondo, apoyando la cabeza entre las manos y con un cigarro débilmente sujetado por dos dedos. El olor a opio parecía no querer salir de ese rincón, de hecho, ella no lo percibió hasta que no se encontraba a escasos pasos de él.
- ¿Es... tás bien? - inquirió en voz baja
- ¿Uhm? - el muchacho levantó la cabeza y esbozó una sonrisa al verla – Claro... ¿necesitáis algo?
- No... yo... No podía dormir, iba a dar una vuelta
- No seré yo quien os detenga, pero no deberíais salir de noche – dio una calada al cigarro y expulsó el humo sin apenas separarlo de sus labios, luego le hizo un gesto a ella invitándola a tomar asiento
- Gracias – musitó
- ¿Está durmiendo?
- Sí, duerme como una marmota – rió ella
- No os preocupéis, suele hacerlo a menudo. Solo sabemos diferenciar si está dormida o muerta porque le late el corazón – continuó él y la joven comenzó a reír. La miraba fijamente, intentando escudriñarla - ¿Me permitís una pregunta?
- Claro, por supuesto – asintió
- ¿La queréis? - la miró fijamente a los ojos
- Como nunca había querido a nadie – ella sonrió, risueña y convencida de sus palabras
- Sabéis que no pertenece a éste mundo, ¿no?
- No me importa. Ella pertenece al mío, y donde esté el suyo, estaré yo
El joven dio una larga calada, girando esta vez el rostro para evitar darle a ella con el humo en la nariz.
- Entonces saldrá bien – él sonrió y recostó la cabeza sobre la madera – Debo pediros un favor
- ¿Un... favor? Adelante – lo miró inquisitiva
- No le hagáis daño – desvió los ojos, fijándolos en los de ella y manteniendo el semblante serio
- Podéis estar tranquilo – sonrió
- ¿Una calada? No mata... os lo prometo – bromeó tendiéndole el cigarro
Ella dio un par de caladas, tras las cuales cayó rendida. El chico terminó la colilla y la cogió en brazos, llevándola a la habitación de donde había salido.
“Estos humanos... qué enclenques que son”, reía para sus adentros.
Entró despacio y la acostó junto a su compañera, la cual, como si pudiera ver lo que ocurría, se apresuró a abrazarla, en sueños.
Luego cerró las cortinas y salió sin hacer ni el más mínimo ruido.


“Soñad ahora... ya llegarán las pesadillas”, se perdió en sus pensamientos mientras volvía a su pequeño rincón en la planta de abajo.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Sintonizando

Sintonizando sueños.
Soñando amaneceres.
Amaneciendo entre sábanas.
Sábanas que acunan mis noches.
Noches para poder soñar.
Sueños para sintonizar colores.

martes, 17 de noviembre de 2009

Postal de Dios sabe dónde...


Una mañana ajetreada. Idas y venidas de una punta a otra del laboratorio, intentando evitar que la bata se me enganche en algún sitio. Comienzo a amontonar materiales mientras recuerdo para qué sirve cada uno. Luego demasiados líquidos para preparar lo que me parecen doscientas mil muestras para analizar. Un tinte violeta, otro anaranjado y por último uno que huele a alcohol o acetona.
Más tarde unas clases tediosas condimentadas con las lecciones de siempre.
Y por fin a casa, a la autoescuela... y al lugar donde nacen los sueños.
Teatro. Recinto nuevo, en la quinta puñeta, sí... pero, ¿qué más da?
La sala es minúscula, forrada de espejos y con una columna horrible en el centro de la habitación. Antoine como siempre llega tarde, pero nos lo compensa con esa sonrisa tan particular que regala esperando solo otra a cambio.
Hacemos varios ejercicios, cada uno más variopinto que el anterior, pero como siempre sorprendentes...
Uno de ellos era simplemente caminar, y cuando Antoine dijera, tendríamos que abrazar a quien tuviéramos más cerca, lo conociéramos o no. Resulta curioso pensar que un desconocido pueda abrazarte así.
Otro era muy parecido, pero en lugar de abrazarnos teníamos que confesar nuestro amor hacia esa persona. Relajante, inquietante, absurdo... y divertido.
Poco a poco nos hacemos cómplices, intercambiamos sonrisas, gestos, compartimos cada momento que pasa entre esas cuatro paredes.
Seguro que tenemos más cosas en común de las que pensamos... pero la primera de nuestras razones es la que nos ha llevado allí.
Nos despedimos en voz baja entre nosotros. Luego me despido de Antoine, le doy un abrazo, “sabes que me encantas, ¿verdad?”, se ríe cuando le pregunto eso.
Al finalizar nos vamos.
Llego a casa, es tarde. Me despido de él en el portal entre susurros y subo.
Mi padre está en el sofá y me pregunta qué tal ha ido la tarde. Mi hermana frente al ordenador casi ni se inmuta de que he llegado hasta que entro a contarle batallitas teatreras.
Minutos más tarde entra mi madre con una carta en la mano.
“¿Otra carta del ayuntamiento?”, me pregunto cuando me la tiende.
La giro y veo la letra. Es raro, no me suena... “puede ser... ¡sí!”. La abro y veo la postal.
¡Una postal desde Dios sabe donde! La aurora boreal aparece en tonos verdosos en la foto. Comienzo a leer.
No me lo puedo creer. Doy saltos de alegría. Parezco una cría, pero me da igual.
Esta noche soñaré con sonrisas en el círculo polar ártico.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Buenas noches...

Hace frío.
No sabemos lo que habrá más adelante.
No debemos olvidar el pasado, es lo que nos hace fuertes, las vivencias que nos recuerdan donde no tropezar.
Estoy tumbada sobre él.
El fuego arde delante nuestra.
Lanzo mi identificación a las llamas. No la necesito. Sigo siendo yo. Sé quien soy y adonde pertenezco.
Sé a quienes defiendo y porqué. No sé donde iré... pero sí con quien.
Le invito a deshacerse de la suya. Acepta, creo que de buen grado.
Ahora le toca a él, a quien estuvo.
Volvemos a ser tres. Lo juramos. Siempre tres.
Termina un camino, otro comienza. Diferente, pero quizá el mismo. Sin embargo esta vez la decisión es nuestra, y nos hablan el cansancio, la experiencia, la razón, el corazón...

Cierro los ojos.
Buenas noches... mi guerrero.