El pasillo está tan oscuro como la boca de un lobo. En los cuentos, alguien hubiera dicho que aventurarse a cruzarlo era posiblemente comenzar un viaje sin retorno. Hoy no es un cuento, ni un sueño, y aun así, avanzar puede significar no regresar. Hemos puesto unas sillas sobre otras, amontonadas en un intento de barrera para contener el ataque de esas cosas.
Cuando empezó el día cada uno tenía su papel: rehenes y atracadores. Ahora no hay nada claro, parecemos ratoncillos en una jaula, correteando de un lado a otro sin saber desde donde nos acechan.
Ignoro las veces que he comprobado la munición de mi arma, pero vuelvo a hacerlo. Estoy sola, vigilando al final de ese pasillo, esperando a que algo aparezca para darle otro tiro inútil.
- Joder… - no puedo evitar maldecir
- ¿Qué te pasa? – mi compañero se une a la vigilancia. Algunas veces me pregunto cómo lo hace para mantener la cabeza tan fría, sobretodo en una situación así
- Nada… - me duelen los pies – La próxima vez yo haré de atracador malo y tú de señorita, ¿de acuerdo?
- Quítate los tacones, mujer – se rió. Eran pocas las veces que ocurría, pero ésta le hago caso y me descalzo
- ¿Qué piensas hacer cuando salgamos de aquí? – le miro de reojo volviendo a tomar mi posición
- Quizá me vaya de viaje – no quita su vista de la oscuridad que tenemos al frente - ¿Y tú?
- Empezaré a aprender a cocinar… - me quedo muy seria durante un momento y los dos nos echamos a reír, como si acabara de soltar un chiste malo – Así que de viaje, ¿eh?
- Claro, a las Fidji – dice con determinación
- ¿A las Fidji? Hay caníbales allí, ¿después de esto vas a querer ir? – es tan irónico que la situación me hace sonreír
- Por supuesto, ¿te vendrás conmigo?
- Mmm… muy bien – asiento con la cabeza – Pero pagas tú el hotel
- Genial, pero habitación doble – sonríe
- Hecho
Ambos apuntamos al frente. Algo se mueve en la oscuridad.
- Ya están aquí
- Otra vez