viernes, 30 de abril de 2010

Ahorcado

A veces hago jeroglíficos con los pensamientos.
A veces parece que juego al ahorcado con lo que siento.

Solo son letras de un abecedario que todos conocen y nadie comprende.

jueves, 29 de abril de 2010

Los Miserables

El inspector Javert solo quería mandar a presidio a todo aquel que perturbase la paz y el orden, que amenazase la justicia y apuñalase a la moral.

Jean Valjean era un forzado que, aun en libertad, continuaba tras los fríos barrotes de prisión.

Éponine Thénardier no pidió más que un beso en la frente.



Diferentes caminos. Quizá al final ellos no sean tan distintos. Al fin y al cabo, hablamos de un mundo aparte, hablamos de Los Miserables, los olvidados...


[No, yo tampoco sé muy bien a qué viene ésto, reflexiones en voz baja, supongo]

{Caballero, vos que sonreís a las tostadas con mantequilla... ¿tenéis nombre? Al final la curiosidad pudo conmigo, jaja}

Gigantes

Un fondo negro, un foco blanco. Se alza el telón.

Así comienza nuestra aventura por distintos estados de ánimo, por diferentes personajes... así comienza.

No incluí en el guión historias de gigantes.
Al principio os movíais como enanitos asustadizos, pero no os hizo falta mucho para alzaros, para haceros señores de ese escenario.

No eran los focos, ni las luces... ni siquiera los colores estridentes de vuestras ropas.
Brillabais con luz propia, no os hacía falta más.

Con solo recordarlo se me dibuja una sonrisa, una sonrisa de las de verdad, de las de siempre.

Una sonrisa terapéutica...

martes, 27 de abril de 2010

Gracias?

Maldito seas.

Por hacerme enmudecer.
Por mostrarme las cosas tal y como son.

Pero gracias, por ayudarme a camuflar
las verdades con comas.

jueves, 22 de abril de 2010

Común

Solo somos gente común,
con ideas y sueños comunes, y en común,
en un lugar común,
haciendo algo fuera de lo común.

martes, 20 de abril de 2010

Así de simple

Simplemente porque me gusta el tacto de tus manos,
aunque solo dure un instante.

sábado, 17 de abril de 2010

Cuentos de la Guerra

Silencio a mi alrededor.
Aquí, en la capital, parece mentira que se esté librando una guerra.
La gente pasea sin mayor preocupación que el precio del pan, o del cordero.
Ocasionalmente escucho algún rumor que se evapora demasiado deprisa. Comentarios anónimos de alguien que se atreve a pronosticar cómo terminará este conflicto.
No son conscientes de lo que está pasando a tan solo unos cuantos días de aquí. ¿No se dan cuenta de la cantidad de gente que está muriendo por ellos? Supongo que sí, que lo saben, pero tampoco es que puedan hacer mucho. Y aunque no sea justo pensar que están al margen, que viven ésto tan de lejos como si en realidad no existiera... lo creo así.
Es cierto que muchas esposas, madres, niños... esperan tener noticias, noticias de esperanza. Alguna carta o como poco un par de líneas que les aseguren que quien la escribe está bien, que sigue con vida.
Pero la guerra no es solo eso. Es muy larga como para contarla en un par de frases. Muy fría como para pretender darle calor con una risa forzada. Y lo peor es que es cruel. Para todos. Tanto para ellos como para nosotros.

No vamos a ceder y ellos lo saben. No vamos a darles ni un palmo de nuestras tierras, de nuestro sol, de nuestra lluvia... de nuestra Castilla.
Hacerlo, bajar las armas... sería desprestigiar todas las vidas que ya se han perdido.
No, definitivamente, no.

Recuerdo que hace tan solo un par de años, incluso después de lo de Malaca, veía a los niños jugar a la guerra. Un “disparo” por aquí, una “estocada” por allá, varios morían y al rato resucitaban para proseguir su conquista personal.
Hoy por hoy, me da pena. Ojalá pudiera decirles que no es así, que cada momento cuenta, que cada paso duele y destroza, que después de caer al suelo, muerto, no puedes volver a caminar, ni a reírte...

No saben el regalo que es mirar al cielo y ver las estrellas en lugar de la nube blanca que nace de los disparos de los mosquetes.
Siempre he disfrutado un cruce de aceros más que muchos, pero todos necesitamos recuperarnos de nuestras heridas, y pocos tenemos tiempo para hacerlo.

Pensé que Malaca me lo había enseñado todo de la guerra, pero no es así. Allí hubo tan solo unas pocas de bajas, no por ello menos importantes, desde luego, pero nada comparado a ésto.
Pasar por la iglesia, ahora habilitada como un campamento a cubierto para los heridos, es todo un camino por el infierno.
Hombres que han perdido alguna extremidad, o la vista, que no podrán volver a blandir un arma, ni a coger la cuchara para llevarse el puchero a la boca, ni aupar a sus niños en brazos cuando vuelvan a casa, ni abrazar a sus mujeres. Hombres, chiquillos... que no volverán a ver amanecer, algo tan natural como ese amasijo de colores en el cielo.

Hace cosa de unas semanas estaba limpiando vendas en enfermería, poco más podía hacer. Un muchacho joven que no podía incorporarse me cogió de la mano mientras pasaba a su lado y me dijo “¿Me recuperaré?”.
Tuve que mentirle.

... Quizá escribo ésto para tener la certeza de que no es una pesadilla, de que queda en la memoria de algo y con la esperanza de que quizá se aprenda de los errores. Con la esperanza de que esta guerra llegue a su fin y que si otra ha de acontecer, sea dentro de muchos, muchos años.

Tengo las manos limpias llenas de sangre que no sale por más que las labo. Y aunque no me arrepiento de nada de lo que he hecho, si pido, si es cierto que existes allá donde estés, si hay un Dios, o algo así... que te acuerdes de los que estamos aquí abajo. Te pido que nos des un respiro...
Que me des un respiro.

Ojalá no caigan muchos más antes de que esto termine.
Ésto está matando a demasiada gente.
Al que espera en casa.
Al que reza en el campo de batalla.
A quien recibe una estocada, o un disparo.
A quien le asaltan la nostalgia y la congoja.

Ya he visto arder demasiadas esperanzas.

Un último bastión. Nuestra bandera seguirá en pie, aunque caigamos en el intento de sostenerla siempre habrá un pedacito de tierra donde podamos clavarla, donde la hierba pueda volver a crecer.