viernes, 20 de mayo de 2011

¡Es gratis!

Amanece con ella por bandera y nada podrá derrotarte. Llévala a cualquier lugar y cruzarás todas las fronteras del mundo, la usarás para hablar en sordomudo, brindarás con ella salpicando alegría a quien choque la copa contigo. Viaja a las estrellas y estámpala en el firmamento, haz que brille como un arcoíris en el cielo. Propágala como una epidemia contagiando cada rincón del infinito, que la gente tosa sonrisas y estornude carcajadas. Enrédate en las de los demás, despéinalas, sedúcelas, invítalas a bailar, emborráchate de ellas.

No hay nada como una sonrisa para aderezar la ensalada de la vida.



(Y quien dice una, dice varias)

miércoles, 18 de mayo de 2011

Tan sólo...


- ...Esperaba que pudierais perdonar ese beso que aún no os he dado...

lunes, 16 de mayo de 2011

Un momento

El sol comenzaba a despuntar en el horizonte. Una fuente de la que nunca paraba de manar agua, con una mujer de piedra que fingía haber quedado inmóvil en una grácil postura de baile, prestaba descanso a un muchacho de cabello oscuro y alborotado, y unos ojos negros llenos de impaciencia que no dejaban de mirar al piso superior de una pequeña casa.
Adoraba la frescura con la que cada mañana ella abría la ventana y una leve brisa le acariciaba los castaños rizos que enmarcaban su rostro. A sus labios siempre se asomaba una sonrisa, fina, como el tallo de una flor, que encendía sus mejillas e iluminaba hasta los días más oscuros.
Cada día, como el sol, regresaba y se sentaba en la misma fuente a esperar la oportunidad para robarle al cielo un momento en que su mirada, en lugar de alzarse hasta las nubes, descendiera para encontrarse con sus ojos.
Entonces, el mundo cambiaría de color.

viernes, 15 de abril de 2011

Shh...


Silencio, la nota discordante en un pentagrama.

Silencio, la paz inquieta del alma.

viernes, 25 de marzo de 2011

Apariencias

Nubes en la cabeza. ¿Qué fue de la sonrisa de la muñeca de trapo? ¿qué fue de sus aventuras?

Dicen que un buen día se le descosió la sonrisa, que sus labios cayeron a un suelo que todo el mundo pisó. Que su gesto se enredó en una brújula rota.

Dicen que trazó con el pincel una nueva sobre su cara.


Nadie notó la diferencia.

viernes, 11 de marzo de 2011

Piiiiii...

Piiiii... dijo mi tarjeta cuando subí al autobús.
Acababa de salir de clase, no porque fuera la hora en que terminaba, sino porque decidí escaparme media hora antes. Si llego a quedarme probablemente me habría quedado dormida, así que sigilosamente (llamemos “sigilo” al momento en que se cayó mi estuche de la mesa y todos los bolígrafos comenzaron a rodar) salí de clase por la puerta de detrás.
Y no es solo que lloviera, sino que además había mucho viento. “Tengo que comprarme un chubasquero”. Llevo cuatro años pensando ésto cada vez que llueve y al final lo dejo pasar. No tengo remedio. La verdad es que no me gusta sacar el paragüas cuando hace viento, me da... no sé qué, que se rompa y empiecen a saltar varillas por todas partes, así que al final no lo abro y dejo que me llueva encima.
Corrí, porque vi el bus en la distancia y algo me decía que me dejaría en tierra, de modo que eché a correr y “plof, plof, plof”... barro. Genial.
Después de toda una odisea conseguí subirme y “piiiii...”: chica empapada a bordo.
Me senté en el primer asiento azul que vi libre y me puse la música. La verdad es que tuvo algo de magia esa media hora de viaje, con la lluvia golpeando el cristal (quizá quería que le abriera) y la banda sonora de “Enredados”, mezclada con “Warcry” y “Los Miserables” (sí, mi reproductor de música es una batidora sin sentido).
Quizá después de todo el autobús de vuelta no esté tan mal.

Digo el de vuelta, porque el de ida es horrible =P.

sábado, 5 de marzo de 2011

Aquellos ojos grises y el mar

El vaivén de la mecedora la hacía cabecear. Sobre su regazo reposaban dos enormes agujas y un jersey rojo a medio hacer. Siempre le había quedado bien el rojo. Había empezado a tejer la prenda hacía un año, pero después de lo sucedido abandonó la labor. Realmente, ni siquiera ella misma entendía porqué precisamente esa noche había retomado la tarea.
Fuera el viento soplaba con fuerza. A su memoria acudió una imagen, recordó como ambos solían sentarse en esa mecedora y veían los pájaros surcando el cielo y posándose en el mar. A la caída del sol solían ir a la orilla a contar las pisadas de las aves y dibujar sus nombres en la arena. Entonces el agua les mojaba los pies y se llevaba las letras.
Dejó el jersey sobre una mesita de madera que hacía mucho había tallado su marido, cogió un pequeño candil y encendió una llama dentro para ponerla a salvo del aire. Se echó una toquilla de color tierra sobre los hombros que el camisón dejaba al descubierto, abrió la puerta y salió.
Todas las noches repetía el mismo ritual, avanzaba como un alma en pena que espera encontrar respuestas que solo pudiera ofrecerle el mar.
Caminó despacio por el acantilado. Las olas mordían a las rocas con violencia e incluso le salpicaban en los pies. No era un lugar demasiado alto, pero era su torre de vigía, su faro. Dejó el candil a sus pies y lanzó la mirada a las aguas. La noche estaba llena de sonidos que se acompañaban en perfecta armonía, como si detrás de ellos hubiera un director de orquesta presidiendo el concierto.
Por un momento pensó que las nubes se confundirían con la espuma del mar y que las olas borrarían a las estrellas, que se las llevarían del cielo, como sus nombres de la orilla, como a su hijo de sus brazos.

Soñaba cada día con que el mar, tan cruel y egoísta le devolviera aquellos ojos grises que sepultó bajo sus aguas.