El sol comenzaba a despuntar en el horizonte. Una fuente de la que nunca paraba de manar agua, con una mujer de piedra que fingía haber quedado inmóvil en una grácil postura de baile, prestaba descanso a un muchacho de cabello oscuro y alborotado, y unos ojos negros llenos de impaciencia que no dejaban de mirar al piso superior de una pequeña casa.
Adoraba la frescura con la que cada mañana ella abría la ventana y una leve brisa le acariciaba los castaños rizos que enmarcaban su rostro. A sus labios siempre se asomaba una sonrisa, fina, como el tallo de una flor, que encendía sus mejillas e iluminaba hasta los días más oscuros.
Cada día, como el sol, regresaba y se sentaba en la misma fuente a esperar la oportunidad para robarle al cielo un momento en que su mirada, en lugar de alzarse hasta las nubes, descendiera para encontrarse con sus ojos.
Entonces, el mundo cambiaría de color.
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Hace 2 años

Señorita, la acuso de ser una soñadoraaaaaaaaa empedernida... una dama con corazón de algodón de azúcar, una mujer con alma de niña distraída.
ResponderEliminarEscriba pronto (a cambio, prometo no meterme -mucho- con usted)
Besos y una sonrisa en vidrio!
El amanecer y su brisa es el mejor aliento de vida
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